VILLACAÑAS: DE NADA A TODO EN 27 AÑOS

Villacañas quiere que su Semana Santa sea declarada de Interés Turístico Regional. En febrero la corporación municipal aprobó en pleno solicitar la distinción, 27 años después de que se recuperaran las procesiones. Hoy, con más de 1.000 cofrades, 17 pasos, 8 hermandades, una tamborrada y ciertas peculiaridades busca ese reconocimiento. Una curiosa exposición sobre el rito excepcional de los flagelantes se podrá ver estos días.

Gran tamborrada en la procesión del Encuentro de Villacañas.

 

Juan Pedro Torres Trello le tiembla la voz hablando de la Semana Santa de Villacañas, su pueblo. “Se han superado todos mis pensamientos y lo que hemos conseguido es tener hoy unas procesiones maravillosas”.

 

Se emociona con razón porque fue él quien en 1990 convenció a otros vecinos y al recién llegado párroco, Gerardo Ortega -hoy párroco de Santo Tomé en Toledo y el pregonero este año de la Semana Santa villacañera- de que volvieran a salir las procesiones de Semana Santa, tras quince años sin desfilar (tan solo lo hacía la Virgen de los Dolores en su día).

 

 

“Fue el jueves 12 de abril a las diez de la noche. Sacamos a la Dolorosa y a Jesús Nazareno. Me acuerdo que el párroco me dijo en la puerta de la iglesia: no te preocupes, salimos, si no hay nadie en la calle nos volvemos y aquí no ha pasado nada. Pero las calles y la plaza estaban llenas de gente”.

 

El historiador Ángel Novillo, otro de los villacañeros involucrado entonces en la recuperación de las procesiones lo explica. “Había un gran entusiasmo e interés desde el punto de vista religioso, pero también cultural por mantener las tradiciones. Y en seguida la gente se animó a apuntarse a las hermandades y a salir como costaleros y penitentes”.

 

“Ha habido una cantidad de actividad, de gente implicada, de dinero invertido por los propios cofrades que ahora mismo tiene mayor esplendor que nunca en cuanto a organización y calidad”

 

Solo un año después las hermandades que se habían mantenido se revitalizaban y otras volvían a refundarse o se creaban nuevas. Desfilaron ya varios centenares de cofrades con sus túnicas y capirotes y cuatro años después la hermandad Jesús Nazareno sacaba su escuadra de 18 romanos y algunas cofradías empezaban a desfilar con su banda de cornetas y tambores. Juan Pedro Torres, que había aprendido a tocar el tambor en la mili, y Jesús Almendros enseñaron a tocar el instrumento a cientos de jóvenes y aún Torres, a sus 73 años, seguirá haciéndolo este año.

 

Desde el años 2000 las siete bandas de cornetas y tambores de seis cofradías villacañeras (la hermandad Nuestro Padre Jesús Nazareno tiene dos) celebran la Resurrección tocando juntas en la plaza, “en una procesión preciosa y muy alegre”, señala Inmaculada Espada, la coordinadora de la Junta de Cofradías. En 27 años esta conmemoración religiosa se ha convertido en una de las manifestaciones más multitudinarias del pueblo.

 

“Realmente ha habido una cantidad de actividad, de gente implicada, de dinero invertido por los propios cofrades que ahora mismo tiene mayor esplendor que nunca en cuanto a organización, calidad, número de cofrades y de gente no muy comprometida religiosamente pero que en Semana Santa los ves como costaleros y haciendo un esfuerzo tremendo”, señala Ángel Novillo.

 

 

Ocho cofradías reúnen a casi 2.000 personas y organizan seis procesiones en las que desfilan cientos de personas entre penitentes, costaleros y músicos. Desfilan esos días 17 pasos. Todas las imágenes son posteriores a la Guerra Civil, ya que las anteriores fueron destruidas o se perdieron durante la contienda. La mayoría se adquirieron en los años 40. Dos de ellas, la de la Virgen Dolorosa y Cristo Yacente, al prestigioso imaginero madrileño Tomás Parés.

 

Curiosa también la imagen de San Juan Evangelista. Varios villacañeros la articularon inicialmente para facilitar su movilidad y hoy el sistema se utiliza para que la imagen se incline ante el Cristo Yacente y Jesús Resucitado en las procesiones del Viernes Santo y del Domingo de Pascua.

 

Por eso el ayuntamiento, la junta de cofradías y la parroquia trabajan juntas desde hace unos meses en el expediente para solicitar al Gobierno regional la declaración de interés turístico regional. “Ha sido todo fruto del intenso y fructífero trabajo de las cofradías, que han convertido la Semana Santa en un hecho relevante de nuestro patrimonio cultural”, señala la concejala de Turismo, Mar Muñoz, que destaca “el orden, el silencio y el recogimiento con el que se viven estos días en Villacañas”.

 

La concejala cree que la declaración de interés turístico regional “sería un espaldarazo al trabajo realizado en las últimas décadas por tantos vecinos”. Y además, un aliciente turístico más para el pueblo, que ya recibe a cientos de visitantes estos días para presenciar sus procesiones.

 

Junto a los actos religiosos, el ayuntamiento organiza un ciclo de conciertos coincidiendo con la celebración. Este año la banda municipal Maestro Guerrero ofrecerá un concierto el sábado 8 y las corales Orfeón Juan de la Enzina, de Villacañas, y el coro Santa Cecilia de Valladolid, actuarán el domingo 9. Ambos conciertos a las 20:30 en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

 

UNA EXPOSICIÓN RECREA Y DOCUMENTA EL RITO EXCEPCIONAL DE LOS FLAGELANTES, REALIZADO HASTA LOS AÑOS 60

 

 

El villacañero José Lillo Rodelgo describía así este ritual en su novela ‘Clara Angélica’, publicada en 1926: “Los viernes, al caer la tarde, van llegando los hermanos. Tiesos, graves, serios -son trozos arrancados del Entierro, de Theotocopuli- van entrando sigilosos y callados (…) haciendo filas paralelas. Con sus capas iguales y holgadas, altos e inmóviles, semejan en la oscuridad del templo profusos cipreses funerarios. El hermano lectoral, desde el púlpito, lee lentamente puntos de meditación. Todos callan. Y al final se arrodillan. Y sube su pensamiento muy alto.

 

Rezan luego su rezo ritual: siete veces siete Avemarías. Y al acabar, comienza el rito severo y rudo. Se adelantan dos hermanos profesos –también hay noviciado en la Hermandad- Los dos llevan, bajo sus capas tersas y abundantes, un haz de disciplinas. Van pasando entre las filas espesas. Y cada hermano, si lo quiere, toma con sigilo las cuerdas nudosas, juntas en manojo, con las que ha de flagelarse (…)

 

El templo, a instantes más oscuro, se llena de silencio tétrico. Hay olor de penitencia, como en las catacumbas. Flota el aire denso de las tragedias cristianas. Y todo lo envuelve un recio perfume de fe primitiva, un ansia insospechada de purificación y de espíritu (…) Ya está el templo totalmente oscuro. Ni una luz vibra… Los hermanos han desnudado por entero sus bustos. El sacerdote cierra con ímpetu un libro.

 

Y enseguida comienza a entonar con voz de trémolo ‘Miserere mei Domine…’ Y enseguida también comienza la flagelación. Se oyen los chasquidos sobre la carne desnuda. Hay un ruido intenso y opaco. En el silencio y en la oscuridad chasquean como látigos las disciplinas. La voz sonora, fuerte, ruda del sacerdote parece un estímulo, como una invitación a darse más recios golpes. El canto del Miserere se mezcla con el ruido de las disciplinas. Son unos instantes inefables y pavorosos. Huele el templo a fatiga, a carne lacerada y doliente (…)

 

Acaba el ceremonial. A la puerta de la ermita, en el atrio, hay un hermano que ofrece a los que salen, uno a uno, un cráneo brillante y frío. Invita a que lo besen. ‘Morir habemos’, dice secamente. Y los hermanos besan y salen. La noche, maternal, pone un poco de frescura en sus sienes febriles”.

 

El historiador de Villacañas Francisco García Martín recoge esta descripción en la investigación que ha realizado sobre el rito de los flagelantes y que sirve de base para la exposición que podrá verse en el Museo municipal de la localidad manchega entre el 7 y el 16 de abril. Coleccionistas privados y las cofradías de la Virgen de los Dolores y del Cristo del Coloquio han prestado documentación y piezas históricas que se exhibirán en la muestra y que se suman a los datos recabados por García Martín en los Archivos Nacional, Provincial y Diocesano de Toledo y en conversaciones con vecinos que aún recordaban y guardaban información sobre este ritual.

 

“Quizá lo que más llame la atención en la exposición son las disciplinas y la escenografía del rito, con las calaveras y las velas”, señala el historiador. La muestra desvelará también datos curiosos sobre la ermita del Cristo del Coloquio (la única con esta advocación en España) o de la familia Irala, que ayudó a su rehabilitación en el siglo XVIII.

 

El rito de los flagelantes formó parte de la liturgia de la cofradía de la Virgen de los Dolores hasta que en los años 60 el Concilio Vaticano II prohibió estas prácticas. Lo ejercían los hermanos varones (las mujeres debían ausentarse durante su ejecución) en el interior de la ermita del Cristo del Coloquio, con la única presencia del sacerdote y de un médico o sangrador, explica García Martín.

 

Y en ese carácter privado radica su singularidad. “Villacañas fue el único lugar de España donde las disciplinas se hacían dentro de una ermita y en la intimidad, ya que la mayoría de los flagelantes realizaban la manifestación pública de su penitencia en público y en el exterior, generalmente participando en procesiones”, explica García Martín.

 

Ese carácter privado (no secreto porque se describía en los estatutos de la Cofradía) permitió al ritual, también conocido como ‘hacer la corona a la Virgen de los Dolores’, sobrevivir a los persistentes intentos ilustrados por suprimir estas prácticas ya a finales del siglo XVIII. García Martín recoge en su estudio las razones que el Cardenal Lorenzana exponía apoyando la supresión.

 

 

UNA EXPOSICIÓN RECREA Y DOCUMENTA EL RITO EXCEPCIONAL DE LOS FLAGELANTES, REALIZADO HASTA LOS AÑOS 60

 

 

SEIS PROCESIONES Y 17 PASOS

 

VIERNES DE DOLORES. La Virgen es acompañada por casi 200 cofrades. Ellos con capa española clásica y ellas vestidas de negro. La cofradía, activa desde 1770, fue la única que mantuvo la procesión de Semana Santa entre 1975 y 1990.

 

DOMINGO DE RAMOS. ‘La entrada jubilosa en Jerusalén’ está organizada por la hermandad de San Juan Evangelista. Las 8 cofradías portan sus estandartes y cientos de vecinos acompañan con palmas.

 

MIÉRCOLES SANTO. Los costaleros de Nuestro Padre Jesús Nazareno portan a Jesús de Medinaceli y desde hace dos años la hermandad del Santo Sepulcro, a la Virgen de la Esperanza.

 

JUEVES SANTO. La procesión de La Pasión sigue el orden cronológico de esta: ‘La oración de Jesús en el huerto’, a cargo de la cofradía del Santo Sepulcro; el ‘Nazareno con la cruz a cuestas’ y ‘Cristo atado a la columna’, ambas de la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno; ‘Cristo crucificado en el Calvario’, imagen que porta la hermandad del Cristo del Coloquio, la más antigua de Villacañas, fundada en 1749. Les siguen San Juan Evangelista y La Verónica, imágenes que lleva la hermandad de San Juan; María Magdalena y la Virgen de los Dolores, cada una por su hermandad.

 

VIERNES SANTO. La Piedad, acompañada por una banda en la que solo tocan mujeres encabeza la comitiva, seguida por una ‘Cruz con sudario’ de la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, San Juan Evangelista, María Magdalena, Cristo Yacente, portado por costaleros de la hermandad del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad cierran la comitiva.

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. Los costaleros del Cristo del Coloquio llevan a Cristo Resucitado al encuentro de San Juan Evangelista, María Magdalena y la Virgen del Rosario en la plaza ante un silencio estremecedor inicialmente que se torna en algarabía de cientos de tambores de todas las cofradías tocando a la vez. “Es de una belleza plástica preciosa”, señala Inmaculada Espada.

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