Vacas de verano

Ah el verano y julio me responde. Llega ese maravilloso territorio que es el verano, que se nos ofrece como un terreno de varias hectáreas en las que podemos cultivar lo que nos place. El calor no nos achanta porque gozamos de ser dueños del tiempo, de hacerlo todo más tarde, fuera de los horarios de la cotidianidad laboral: levantarnos, comer, sestear, cenar, acostarnos. En el verano el tiempo es otro, no se parece a la sinfonía que toca el reloj de la muñeca con sus dos estrictas batutas.

 

Nos espera algún viaje, conocer nuevos sitios, encontrar esa paz tan física que nos ofrece la naturaleza. Nosotros también somos naturaleza, como insistían los estoicos, y conviene hermanarnos con el árbol, el río, la hormiga, el saltamontes, el valle o el amanecer. Un poco de franciscanismo sana el alma. Y escucho de fondo el eco de Dios (porque prefiero un relojero ducho y cariñoso antes que todo se haga de superchiripa).

 

Este verano ultimo mi primera novela en solitario, una novela negra titulada Carcamusas de muerte, y culmino un libro de poemas que posiblemente se titule Aguas menores, aguas mayores

 

Como todos los veranos yo haré dos viajes. El primero, me llevará por tierras de Andorra, Francia y Gerona. Luego hay sitios a los que vuelvo todos los veranos, porque forman parte de una íntima tradición. Y siempre la permanente búsqueda del agua salada y del agua dulce, porque la vida procede del agua, que forma parte de nuestro ser y es un ejemplo de vida (a veces somos sólidos –en el amor-, líquidos –cuando cambiamos nuestra forma de ser- y gaseosos –en la soledad y al morir- ). En el origen de la filosofía el gran Tales de Mileto nos recordaba la íntima conexión entre el agua y todo lo que existe.

 

 

También aguardan los libros, que suponen también una forma de viajar. Leer y releer, hojear y ojear. A veces se sobrestima la verdad (funciona muy bien para las ciencias empíricas y la religión), pero en nuestra vida cotidiana son más importantes otras cosas: la alegría, la ilusión, el sentido del humor, el esfuerzo y, algo relacionado con los libros, la imaginación. Yo siempre leo varios libros a la vez. Y a veces me limito a hacer catas, lecturas fragmentarias. No concibo un verano sin torretas de libros.

 

También aprovecho para escribir y diseñar la columna vertebral de futuros libros. Este verano ultimo mi primera novela en solitario, una novela negra titulada Carcamusas de muerte, y culmino un libro de poemas que posiblemente se titule Aguas menores, aguas mayores. Los dos ya están escritos pero queda esa tarea fundamental de pulir, afilar, perfilar, corregir, que es tan importante o más que escribir.

 

¡Cuántos libros no consiguen levantar el vuelo por no ser corregidos, por la ansiedad de publicar como sea, a la remanguillé! Antes de la edición, cualquier libro necesita estar un tiempo en el congelador, para matar el anisakis de la impaciencia, y una corrección severa, para matar el bicho grueso de la espontaneidad.

 

También es importante ser rey del presente, dejar de mirar tanto al futuro y subir el tono de los sentidos para disfrutar del aquí y del ahora que regala el verano con su precioso instante. Gozar de esa dimensión de animal político que señalaba Aristóteles hablando y escuchando, cultivando los afectos. Ya decía Epicuro que la amistad es una genial fuente de placer. Y para eso también conviene descansar un poco del agobio del móvil.

 

El otro día el cantante Robe Iniesta, líder del grupo Extremoduro, decidió expulsar de sus conciertos a los que estén dale que dale con el móvil, porque la peña está más pendiente de hacer fotos y de grabar canciones que de disfrutar del concierto. ¡Con dos huevos! El móvil nos arranca del presente y nos impide agarrarlo de los cuernos por estar atentos a otras tontunas. Aprovecho para recomendar el último trabajo musical de este músico en solitario que se titula Destrozares.

 

El verano para mí es muchas cosas más. La desnudez o el encuentro con el cuerpo, la sandía, el gazpacho pasado por la turmix, la descalcez (física y carmelitana), las películas grabadas que quedaron pendientes, ordenar y expurgar la biblioteca (acariciar todos los volúmenes), comer helados, destruir archivos que ensucian el ordenador, disfrutar de las terrazas, escuchar los grillos y las chicharras, huir de la cuchilla de afeitar y dejarme la barbita (cada vez más cana), bajar a la piscina de mi urba a leer y jugar al chinchón, tomar cerveza mahou etiqueta verde muy fría, las sesiones de música, las ensaladas de pasta, el ganduleo…

 

Cada uno organiza el verano a su manera como un espacio para conquistar la felicidad, con un tiempo precioso en el cada cual es empresario (sin estrés ni es cuatro). Es un momento para dejar que los cinco sentidos se llenen de gozo, volver a los detalles, a las cosas simples, a la lentitud, a la vagancia, a ponerse a la sombra de lo que de verdad importa. Las vacas veraniegas nos ponen en primera línea de playa lo que supone el gozo de vivir. Ahí es na.

Seguir leyendo… »
Santiago Sastre
Santiago Sastre

Últimas publicaciones de Santiago Sastre (Ver todas)