Una ración de fray Juan

He pasado un mes muy sanjuanista. La cosa empezó porque el escritor y filósofo Antonio Hernández-Sonseca me pidió un prólogo para su nuevo libro, que es una interpretación del Cántico espiritual, y que pronto saldrá en la editorial Celya. Volví a releer cosas de fray Juan de la Cruz y se me calentó el diente y me lancé a hacer una obrita de teatro sobre el episodio toledano: su prisión y su fuga cuando estuvo en Toledo desde finales de 1577 hasta agosto de 1578. A este tema dediqué mi discurso de ingreso en la Academia toledana.

 

Ya existe una obra de teatro, de dos actos, sobre este asunto: El pájaro solitario de J.M. Rodríguez Méndez (que obtuvo el premio nacional de literatura dramática en 1994). La obra es muy buena, pero falta dar una visión ajustada, más real a lo que históricamente pasó.

 

Por eso he escrito esta pieza, titulada ‘Ni temeré las fieras’ que recrea diez secuencias que ocurrieron: la llegada de fray Juan a Toledo, su juicio en el convento, la relación con un carcelero exigente, la disciplina circular (los latigazos de toda la comunidad), la relación con el carcelero benévolo, la huida, la llegada a Zocodover (con borrachos y verduleras de Bargas, Fuensalida y Mocejón), el escondite cerca del convento, el breve reposo en el convento de carmelitas de Nuñez de Arce y el descanso reparador en el hospital de santa Cruz (en cuya entrada hay una placa que conmemora este suceso y ¡que pocos se fijan en ella!, obra del escultor Julio López Hernández, recientemente fallecido.)

 

Después, el historiador José Carlos Gómez-Menor sacó un folleto advirtiendo de un error ortográfico que suele aparecer en la edición del poema Noche oscura de Fray Juan:

“a escuras y en celada 

estando ya mi casa sosegada”.

 

 

Lo correcto es encelada (todo junto, que significa con celo, enamorada) y no separar la palabra: en celada. Es un error en el que suelen incurrir en muchas ediciones de las poesías de Juan de la Cruz. El texto de Gómez-Menor es una delicia filológica.

 

 

Finalmente, he escrito un poema narrativo sobre la vida de Roy Campbell, que fue todo un personaje. Alto, con sombrero de ala ancha a lo cowboy, gran bebedor de vino, nómada (fue un escritor sudafricano que vivió en G. Bretaña, Francia, Portugal y España), camorrista, amigo de los animales, simpatizante de pobres y mendigos, con pico de oro.

 

El caso es que estaba enamorado de Toledo y aquí pasó temporadas. Él vivía donde está el Hostal El Cardenal y, después de convertirse al catolicismo, era muy amigo de los carmelitas. Julio del 36 le pilló en Toledo y vivió horrorizado la matanza de los carmelitas de manos de los milicianos. Después fueron a su casa, porque pensaban que allí había escondido a algunos curas o que encontrarían información comprometida. Campbell escondió todo lo que pudo, aunque su mujer, Mary, no se dio cuenta de quitarse la cadena del cuello con el crucifijo y consiguió tapárselo a duras penas.

 

Días antes los carmelitas le dieron un baúl con documentos y con libros valiosos, entre ellos una copia de los poemas de Juan de la Cruz muy antigua, previendo que podrían quemar la biblioteca (como así fue).

 

Campbell cuenta que registraron su casa (armarios, muebles, estanterías) y no encontraron nada, pero allí estaba el baúl, en el que un miliciano se sentó, dejó su fusil y se apoyó para colocarse sus sandalias, ¡y eso fue lo único que no abrieron!, donde estaba el tomate que podría haberle llevado directamente a la muerte. Campbell atribuyó aquel suceso a un milagro de Juan de la Cruz y desde entonces prometió traducirlo al inglés. Así lo hizo y, además, consiguió por esta traducción un célebre premio en 1951.

 

Yo asistí a unas jornadas sobre este escritor en el convento de los carmelitas de Toledo y allí hicieron un sorteo de libros y tuve la suerte de que me tocó este volumen, que guardo con mucho cariño y devoción en mi biblioteca. Roy tradujo a Lorca, Quevedo, Lope de Vega, Baudelaire … Y fue amigo de Orwell, Huxley, Eliot, Tolkien y Lewis. Su controvertida personalidad y su apoyo al bando franquista lo llevaron al ostracismo. Curioso que una de las mejores traducciones de los poemas de Juan de la Cruz arranque de un suceso toledano ¿no?

 

Campbell murió cuando regresaba a su casa cerca de Cascais, después de vivir la semana santa sevillana: se le reventó una rueda en Setúbal y su coche se empotró contra un árbol. Tenía 55 años. Consideró que Toledo era “la ciudad sagrada del pensamiento” . Y Juan de la Cruz:

 

“Ave Fénix del canto, cuando muere resurge.

Polen son sus cenizas, fuego que se desangra”.

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Santiago Sastre
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