Un poquito de resiliencia

En la lucha por la supervivencia, los seres vivos han ido desarrollando todo un arsenal de armas para lograr perpetuarse en dura competencia con el resto. Ello ha permitido que a unas especies exitosas durante milenios les sigan otras similares o diametralmente distintas, en un ciclo vital armónico con el entorno existente en cada momento.

 

Entre las estrategias más exitosas está, sin duda, la colaboración entre los individuos de una misma especie, creando sociedades organizadas, en las que cada uno cumple un determinado papel, para sí y para el resto de sus congéneres, de forma que todos se benefician de la aportación de cada individuo. La sociedad así creada se enfrenta a su entorno, muchas veces duro y hostil, estando dispuesta a pagar el tributo, a veces injusto y despiadado, de perder a parte de sus individuos en favor del grupo, aunque, por otra parte, esa pérdida sería mucho mayor si cada uno hiciera “la guerra por su cuenta”.

 

Así, las especies sociales son mucho más fuertes, numerosas y longevas y ante situaciones de cambio o crisis, tienen un mayor porcentaje de supervivencia. Una de las sociedades más exitosas es, sin duda, la humana, cuya capacidad de adaptación al medio se ha basado en la fuerza del grupo, pero también en los medios de los que se ha dotado para la mejora y superación de cada uno de los individuos. En un claro ejemplo del principio físico de acción y reacción: solo la superación de una fuerza que se nos opone, desarrolla músculo y solo la lucha contra la adversidad forja el carácter y el espíritu.

 

Es cierto que la sociedad nos brinda la experiencia y los conocimientos de nuestros antepasados, para que las generaciones venideras tengan ya un terreno ganado, pero cada uno de nosotros tendrá que echar su personal pulso a la vida e intentar vencerlo. No hay antibióticos contra la desgracia, el infortunio o la adversidad. Es como una suerte de virus al que tenemos que vencer con nuestras propias fuerzas y tras un periodo de lucha y zozobra empezaremos a desarrollar anticuerpos, que es el regalo que la vida nos otorga como premio a la lucha, siempre y cuando podamos llegar a contarlo, claro.

 

Nada pega más duro que la vida”, decía Rocky Balboa a su hijo en su enésima entrega cinematográfica y solo si te levantas de la lona, aunque estés doblado por el dolor, te salvas de la cuenta atrás y del KO final. Pues resiliencia es básicamente eso: no es la nueva entrega de una serie de pelis para adolescentes, sino la medida de poder encajar cualquier contratiempo y salir fortalecidos.

 

Es el término de moda en cualquier selección de personal y de valoración social y que no forma parte tanto de nuestro ADN, sino que, más bien, se desarrolla con el tiempo y se atesora con la edad. ¡Por fin algo de lo que carece nuestra orgullosa juventud! y en lo que los dinosaurios digitales de la generación X, y no digamos de la baby boom, podemos dar sopas con hondas a nuestros niños Y/Z.

 

No se crean que no siento una cierta satisfacción personal en descubrir alguna faceta en que saquemos ventaja a nuestro queridos personajillos digitales, espectros nocturnos con la cara iluminada por las pantallas led de sus smartphones de última generación -que además les hemos comprado nosotros, para más inri-, y que viven parásitos a la sombra de cualquier foco wifi.

 

Quién iba a decir que Rocky fuera tal fuente de inspiración y que la empalagosa “resiliencia” se convirtiera en la última reivindicación de nuestra generación, un poco ajada por el tiempo, pero que demanda un “huequecito” en una sociedad que vive cada vez más en la nube,- en las nubes diría yo-, quizás por miedo a tocar tierra. En cualquier caso, a unos y a otros y porque el momento obliga, no me cabe sino desearles una ¡Feliz Navidad! y que sus Majestades de Oriente nos traigan un poquito de resiliencia, que falta nos hace a todos.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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