UN RINCÓN DE SIBERIA EN TOLEDO

Carmen Arnau en la yurta de los nómadas buriatos.

 

En los montes de Las Ventas con Peña Aguilera, en una finca de cuatro hectáreas, la antropóloga Carmen Arnau ha levantado desde 2005 siete recintos étnicos: yurtas, viviendas, una sauna, un enterramiento, un establo… de la tundra, la taiga y la estepa siberiana y Así Central; con sus ajuares, sus muebles, vestimentas y muchas fotos de la vida y el entorno en el que viven sus gentes. Es un museo insólito y único en Europa.

 

Un camino que serpentea dos kms entre curiosas formaciones rocosas nos deja a las puertas de este museo al aire libre en el que Carmen Arnau ha recreado, tal cual, estas construcciones étnicas. Dan ganas de acercarse a todas ellas a la vez, pero esta antropóloga de Polán que hace unos años decidió volver a su pueblo y seguir trabajando desde aquí, tiene la visita bien estructurada para que uno entienda, como ella quiere, que Siberia es tan diversa como gigantesca. Así que empezamos en la tundra, en la tierra de los yakutios, la región más fría del mundo (-71º es su record). Carmen ha vivido allí a entre -40 y -45º. “Con esa temperatura y bien abrigados hacen su vida normal: tienen sus mercados al aire libre, los niños van al colegio… pero yo he tenido dos veces neumonía”.

 

Dentro del balagan hay muchas fotos que lo corroboran; también de ella en pleno trabajo de campo. Es una vivienda típica de la zona, construida con grandes troncos de madera, con el tejado plano y la puerta pequeña para conservar mejor el calor. En común con el resto de Siberia: es de una única estancia, rodeada por bancos de madera que sirven para sentarse durante el día y para dormir en la noche. Una curiosa chimenea al frente y muchas piezas de vestimenta, adornos, un singular calendario, amuletos, preciosos bordados realizados por las mujeres indígenas que los mandaron al etnomuseo a través de la delegación de la república de Yakutia que acudió a la inauguración.

 

Había contratado a tres personas de allí para que lo construyeran, pero al final no consiguieron el permiso de las autoridades rusas y la construimos entre mi marido y yo con la ayuda de un carpintero de aquí en ocho meses. Cuando les mandé las fotos para que vieran lo que habíamos hecho, se emocionaron tanto que vinieron 13 personas desde allí a la inauguración y nos trajeron muchas de estas cosas”, cuenta Carmen. En el exterior cuelgan pequeñas cintas de colores que simbolizan agradecimientos, deseos y protección para el hogar, un poste para atar los caballos (en la zona viven de su cría y de la de los renos) y una estructura, también de madera, para secar las pieles.

 

Interior de una yurta de los jakasios, con un tambor de chamán y otras piezas étnicas.

 

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