Un nuevo Brigadoon

Últimamente me da especial placer encontrar cosas o hechos que se hayan producido antes de que yo hubiera nacido, sin duda se lo debo al especial gracejo de mi compañera Adela, tan “endiabladamente joven”, pero desbordante de talento, dicho sea de paso. Si a eso le unimos mi afición al baile, será fácil entender que algunas de mis películas favoritas las haya protagonizado Gene Kelly, genial bailarín donde los haya y, entre ellas, una bastante más desconocida como fue Brigadoon, del año 1954, dirigida por el padre del cine musical moderno, como fue Vincente Minelli.

 

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Brigadoon era una pequeña aldea que aparecía y desaparecía en una espesa niebla que la ocultaba a los ojos del mundo y en la que todo debía desarrollarse en apenas un día, hasta volver a dormirse como si del cuento de la Bella Durmiente se tratase. Sin duda, nada que ver con nuestra sociedad bulliciosa y globalizada, ¿no?

 

Sin embargo no estoy tan seguro de que no nos rodee una densa bruma que nos aísla de los problemas de los demás, porque ojos que no ven corazón que no siente; poco importa que arriba luzca el sol, apenas vemos a un palmo de nuestras narices. Pocos se sentirían hoy atraídos por una especie de Shangri-La moderno, pseudomonacal, sin internet y sin wifi. Vamos, sería el último sitio donde a un joven le gustaría pasar un veraneo, porque realmente para muchos el mundo, nuestro pequeño y bellísimo planeta azul, apenas se reduce a una pequeña pantalla de 5 o 6 pulgadas.

 

Estamos tan orgullosos de nuestros avances tecnológicos, que apenas somos conscientes de nuestra fragilidad. Pero la naturaleza es sabía y, de vez en cuando, nos suelta al foso de los leones o más bien de los virus, para ver de qué somos capaces. Es un poco duro decirlo pero, la verdad, es que a la naturaleza le importamos más bien poco. Ella aplica impasible la ley de la selección natural que se encarga de que sobrevivan solo los más fuertes y los que mejor se adapten y, a lo mejor resulta que los que ganan la partida son las cucarachas o las ratas, por mucho asco que nos den.

 

En ese afán de inmortalidad y de vivir más, sea como sea, no préstamos atención a que los días suelen transcurrir monótonos y repetitivos. Apenas acabamos unas vacaciones, estamos ya deseando las próximas y, de “oca a oca y tiro porque me toca “.

 

Cada año nuestra memoria rebusca en el baúl de los recuerdos para encontrar momentos de verdadera dicha y, a veces, le cuesta encontrarlos. Por qué entonces ese deseo irrefrenable de disponer del elixir de la inmortalidad o de la eterna juventud. Sin ser conscientes de ello, tiramos por el desagüe del lavabo la mayor parte de nuestra existencia y parece no importarnos un comino.

 

Estamos tan orgullosos de nuestros avances tecnológicos que apenas somos conscientes de nuestra fragilidad. Pero la naturaleza es sabia y a veces nos suelta al foso de los leones, o de los virus

 

Pero es que el ser humano es así, “mobile qual piuma al vento». Así que, cuántos días sin niebla tenemos en el año; cuántos recuerdos imborrables vamos acumulando a lo largo de nuestra vida y, sobre todo, con cuánta gente los compartimos. Pero Brigadoon nos aportaba una nueva sorpresa.

 

El movimiento cadencioso y rutinario de nuestra vida de pronto se interrumpe; algo inesperado acontece que lo desbarata todo. Entre la niebla se cuela un rayo de luz que nos despierta de la modorra y nos cambia el rumbo de nuestra existencia. Quizás el amor, quizás una enfermedad, quizás el deseo de tirarlo todo por la ventana y empezar de nuevo. En ese momento crucial y en décimas de segundo, tenemos que decidir.

 

De nuevo se demuestra que todo lo verdaderamente importante dura poco aunque, quizás, nos cambie la vida para siempre. De los dos amigos nuestro protagonista decidió regresar a Brigadoon en busca de su sueño, abandonando todo su pasado y su rutina diaria, pero al otro le pudo la tranquilidad de su “hogar dulce hogar»; como la vida misma. Un pestañeo, un guiño, ese es el peso neto del frasco de nuestra existencia y, aún así, cuanta gente lo emplea en fastidiar al vecino; está claro que hay “ gente pa to».

    

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
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