Un Cervantes muy canijo

Este año se celebra el IV centenario de la muerte de Cervantes. ¡Qué diferencia este cuarto centenario comparado con el de la muerte del Greco! El de Cervantes podía haber tenido la relevancia y la afluencia de turismo del Greco, así lo creo, pero al final se ha quedado en un centenario de pitiminí, un claro ejemplo de ni fu ni fa.

 

Pienso que se podía haber traído al Museo de santa Cruz la exposición sobre Cervantes que está en la Biblioteca Nacional, se podía haber hecho una recreación del Zocodover de aquellos años, se podían haber engalanado las calles y trabajar con los autores del siglo de Oro, que tanta relación tuvieron con Toledo, pero… al final el año de la gastronomía se ha comido el año de Cervantes. El estómago le ha ganado la partida a don Quijote. En esta aventura ha terminado don Quijote, como suele suceder, por los suelos.

 

 

La efeméride se merecía hacer un enorme despliegue para reivindicar la vida azarosa y aventurera de quien ideó la primera novela moderna. Un escritor que se alista para ir en barco a la guerra contra los turcos, que por unas heridas pierde la mano izquierda, que viajó mucho por tierras italianas, que estuvo preso durante cinco años en Argel (hasta que pagaron su rescate), que se casa con Catalina de Salazar y vive en Esquivias y viaja a menudo a la cercana Toledo, que recorre Andalucía recaudando aceite y trigo para la Armada Invencible… Allí en la cárcel tramaría el argumento del Quijote y mentalizaría a su mano derecha para escribir la obra inmortal.

 

Cualquier cosa que se haga por reivindicar el Quijote siempre es poca. Yo recuerdo que cuando estudiaba literatura estábamos cerca de un mes leyendo en clase el Quijote. Y luego el profe nos examinaba por capítulos, para asegurarse de que realmente conocíamos el argumento. Una vez leí a José Antonio Marina que el Quijote no era un libro apto para chavales, porque tenía demasiada enjundia, que debería ser leído en una edad más avanzada para poder saborear su corpulencia filosófica y literaria.

 

Yo no estoy tan seguro de eso. Sí creo que a los jóvenes hay que enseñarles a amar el Quijote, a saborearlo en pequeñas catas o canapés, a fijarse en algunos pasajes maravillosos. Asusta su prosa viejita (del siglo XVI) y su carácter voluminoso, pero hay muchas ediciones y muchas maneras de pasarlo por la túrmix para tomarlo en plan gazpacho o limpio de espinas. Sin ir más lejos, mi amigo Mario Paoletti publicó en el 2014 su deliciosa versión del clásico en su Quijote exprés.

 

He dicho antes que se está haciendo poco por esta efeméride cervantina. Pero aquí quiero citar tres excepciones: la exposición que hay en la Biblioteca de Castilla-La Mancha sobre Cervantes y los libros del siglo de oro, y algunos actos organizados por la Real Academia (que celebró una sesión como homenaje a Cervantes en Quero) y por el Ateneo científico y literario (cuyo presidente, mi amigo y vecino Juanjo Fernández Delgado, tiene un corazón supercervantino.)

 

Para mí Don Quijote y Sancho Panza, como ya señalaba Pedro Salinas, no son dos personajes, sino que representan uno solo: el hombre que hay en cada uno de nosotros. Don Quijote refleja nuestra parte aventurera, idealista, romántica, el lado de la bondad (Unamuno le llama el Caballero de la Bondad), que se esfuerza por la justicia (poniéndose de parte del más débil) y que se rinde ante el amor (que es una especie de encantamiento).

 

Sancho Panza representa otra tendencia humana: la del empirismo, la de ir al pan, pan y al vino, vino, la de la ambición, la de meter los dedos en las llagas como el apóstol Tomás. A veces don Quijote tiene cosas de Sancho y otras Sancho parece quijotearse, porque así somos nosotros, porque estamos amasados por estas dos tendencias, la más espiritual de elevarnos y la más mundana de ir a ras de suelo. Ni uno es bueno ni el otro es malo, eso no.

 

Conviven, a veces se llevan bien y otras mal, a veces en tu interior pesa más tu Quijote y otras gana por goleada tu Sancho. Así es la vida, ni más ni menos. Por todo eso El Quijote es mucho más que una obra literaria: es un reflejo de cómo es la vida. Es un libro que invita a la bondad, a la imaginación, a luchar por la construcción de un mundo mejor, a reivindicar la confianza en el ser humano para que ejerza su libertad (pese a que ello nos pueda ocasionar la incomprensión de los demás), cueste lo que cueste.

 

Una historia contextualizada en un territorio que se eleva hacia lo universal. Flaubert decía que leyendo el Quijote se veía el polvo de los caminos levantándose entre los renglones. Por eso es tan importante revindicar la figura de Cervantes y apostar para que todos conozcan a este ser humano llamado Quijote Panza o Sancho Quijote. La amistad de don Quijote y Sancho se reproduce en nuestro interior. Cada uno debe luchar por tratar de conseguir sus sueños sin dejar de tener los pies en el suelo, de eso se trata.

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Santiago Sastre
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