Turismo de bocadillo

Hace ya algunos años, cuando se planificaba la estrategia de turno para impulsar la actividad turística en Castilla-La Mancha y en Toledo la idea fuerza que sostenía el objetivo deseado era la de rechazar lo que dieron en llamar “turismo de bocadillo” o “turismo de mochila”, en clara alusión al viajero pobretón que abulta y no gasta. Es el clásico “calidad frente a cantidad”, o más refinadamente definido como “menos es más” (en este caso, menos turistas pero con más potencial de gasto).

 

La gran transformación que han sufrido en la región, en general, y en Toledo, en particular, las infraestructuras hoteleras y hosteleras, la profesionalidad del sector, la oferta cultural y las comunicaciones (de transporte y digitales) han impactado positivamente en el aumento de los ingresos, en buena medida por la mayor afluencia de turismo internacional.

 

Pero también ha traído más turistas de bocadillo y mochila, más viajeros de paso por la facilidad y rapidez de las comunicaciones con Madrid. La ciudad de Toledo recibe al año más de 20.000 autobuses turísticos, a los que hay que sumar los miles de viajeros que llegan en AVE. Ya son frecuentes las escenas de atascos en las escaleras mecánicas que suben al Casco Histórico, o las riadas humanas por la céntrica calle Comercio. Solo la Catedral de Toledo recibe 1.000.000 de visitas al año.

 

Así las cosas empieza a cundir entre la vecindad del Casco cierto malestar por la saturación turística, hasta el punto de que el grupo municipal de Izquierda Unida-Podemos ha reabierto el debate de imponer un impuesto turístico. Ya lo intentó en 2012 el ayuntamiento de Toledo, siendo alcalde el actual presidente de Castilla-La Mancha Emiliano García-Page, y concejala de Turismo la actual directora general de Turismo, Ana Isabel Fernández. La idea era de que cada turista que pernoctara en la ciudad pagara entre 1 y 3 euros por noche, y la finalidad, según decía el propio García-Page, era “mantener la sostenibilidad de nuestro modelo de vida”.

 

No salió adelante esta tasa turística, entre otras cosas por el rechazo que provocó en el empresariado del sector, temeroso de la reacción de los turistas. Curiosamente, ahora parecen ser los responsables políticos los más reticentes a hablar de gravar al turista, mientras que la Federación regional de Hostelería no parece verlo mal (según su presidente, el toledano Alfonso Silva). En cualquier caso, la situación en Castilla-La Mancha es muy dispar. Frente al bullicio de Toledo, muchos otros territorios intentan compensar su declive económico atrayendo el turismo, adaptando sus recursos naturales, patrimoniales e históricos para llamar la atención de un turista cada vez más ávido de nuevas experiencias. Con o sin bocadillo.

    

Prado López Galán

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