Sostenella y no enmendalla

Por estos lares, tenemos un especial cariño a las andanzas caballerescas, en las que el honor era pieza clave del comportamiento humano y, en cuyo nombre, se han escrito algunos de los más bellos ejemplos de la literatura universal. Pero cierto es que, en defensa de ese honor, a veces mal entendido, los hijos de la nobleza debían apechugar con algunas decisiones, cuando menos absurdas: si en defensa de ese honor, desenvainaban la espada, ya no había marcha atrás, había que sotenerla, usarla y, con brazo fuerte, luchar hasta dilucidar el entuerto.

Y si, en un exceso de ardor guerrero, se daban cuenta de la insensatez del hecho, no cabía volverla a envainar, había que “sostenella y no enmendalla” pasara lo que pasara. Bien, los tiempos cambian y, hoy en día, la palabra dada vale lo que un soplo en el aire, “dust in the wind”, de hecho, ni siquiera la escrita tiene mayor valor, y el honor parece una pieza de museo.

 

Pero, sin embargo, ese viejo dicho en castellano antiguo mantiene una cierta fuerza y, ante una situación comprometida, en que solo con retractarse del error o pedir disculpas se solventaría la situación, pues no, nos mantenemos erre que erre en nuestras trece, sin dar nuestro brazo a torcer, haciendo que la bola de nieve vaya creciendo y creciendo sin control.

 

Alguna vez he comentado que perdonar no es signo de debilidad, sino más bien prerrogativa de reyes y dioses. Sólo perdona el que puede perdonar, el que tiene poder para perdonar. Y, por ende, pedir perdón, es otorgar al otro esa capacidad y ese poder. Es fácil y barato, desarma al contrario y reconforta. Si acaso sólo exige de nosotros un punto de humildad.

 

Sin embargo, tenemos el día a día lleno de casos cansinos de empecinamiento, que se agarran a un clavo ardiendo con tal de no aceptar la metedura de pata o el lío en que nos han metido. Incluso hay una variante perversa de esa tozudez, la que no sólo implica al empecinado en cuestión, sino que arrastra a otros que nos les importa verse embadurnados de brea y pringosos de cieno negruzco y pegajoso y, con los ojos medio cegados, andar por el filo de la navaja, haciendo equilibrios al borde del precipicio, pero, eso sí, caminando sin apartar la vista hacia el frente, con paso decidido, porque si miran al abismo que les rodea, seguro que se despeñan.

 

Un día cualquiera, en la impenetrable bóveda de la selva húmeda ecuatorial, un gigante arbóreo se desploma, toda la aparente fortaleza de su tronco y el soporte que le otorgaba su entramado de raíces exteriores cede ante el lento e insistente ataque de la podredumbre. Tras el sobresalto de la caída, que siempre suele arrastrar algún otro “coloso” que estaba estrechamente amarrado al primero que cae, aparece un rayo de sol que atraviesa el tupido techo e ilumina intensamente el suelo: agua, nutrientes y ahora luz, desencadenan un proceso acelerado de crecimiento de los jóvenes especímenes que dormitaban sin futuro hasta ese momento. La caída del gigante, que se lleva consigo a otros agarrados a su tronco, provoca una natural renovación y diversificación de la vida. Éste es el ciclo de la naturaleza, es sólo cuestión de tiempo y es imparable y, como no, también afecta a la especie humana.

 

Lo mismo que ese aparente “coloso” no pudo soportar el peso de su copa, de su corona de poder, así como el peso de todos los oportunistas que se encaramaban a él y vivían a sus expensas y que, en su caída, arrastró a todos aquellos colegas que vivían agarrados entre sí, pensando que eso les haría más fuertes, llega un momento en que no es posible “sostener” la espada, y no “enmendar la situación. El empecinamiento cobra su tributo, tira de la manta, aburre al ciudadano, no arregla la situación o la empeora y, además, se lleva por delante todo lo que pilla y, si no, al tiempo.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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