Sobreviviendo a cuerpo de rey

No era esto lo que soñábamos. Han pasado ya 33 años desde que iniciamos el camino con una identidad territorial propia, Castilla-La Mancha, una tierra tan centrada en el mapa que apenas había logrado ser lugar de paso de todos los caminos. A falta de un espíritu nacionalista o independentista, compartíamos un deseo colectivo: la prosperidad.

 

A vista de pájaro, si sobrevolamos hoy el vasto territorio de Castilla-La Mancha, veremos muchos cambios que implican modernidad, avance. Desde los años ‘80 hasta hoy, se ha construido una amplia red de carreteras, autovías, líneas de tren de alta velocidad y hasta infraestructuras aeroportuarias que han significado una auténtica revolución en las comunicaciones, paso necesario para la cohesión territorial, social y económica (no se pueden negar estos logros, aunque habría que valorar qué ha sobrado y qué ha faltado, reflexión que no se ha hecho en profundidad).

 

Siguiendo el vuelo, veremos también grandes espacios naturales que han sido protegidos -no tanto como los ecologistas hubieran deseado pero mucho más de lo que otros intereses hubiesen querido-; Castilla-La Mancha hace una gran contribución a la red europea Natura 2000. La agricultura, que era y sigue siendo una fuerza vital de la economía regional, también ha experimentado gran transformación. Todos estos cambios han sido financiados con miles de millones de pesetas, primero, y euros, después, procedentes de la Europa más rica.

 

Sin embargo, conforme vamos descendiendo, cuando pisamos tierra, vemos una realidad más fea. El 31 de mayo de 2016, el día que celebramos 33 años de autonomía, seguiremos estando entre las regiones más desfavorecidas de la Unión Europea: con una población en riesgo de pobreza y exclusión social que supera el 35%; una tasa de paro de más del 25% (pasa del 30% en muchas comarcas de la región), un salario de medio devaluado en los últimos ocho años y que no se recuperará hasta 2028 (según un informe de CCOO), 290.000 castellano-manchegos que cobran 655 euros al mes y cerca de 200.000 que malviven con 300 euros al mes, contratos temporales y precarios y la mayor desprotección de desempleados que ha habido en mucho tiempo, hasta el punto de que más de la mitad de los parados llevan tanto tiempo sin encontrar trabajo o tienen subempleos que no cuentan con prestación o subsidio.

 

Viendo estas dos realidades tan diferentes, progresos públicos y retrocesos individuales, me acuerdo de Gabriel García Márquez cuando recordaba en sus memorias “Vivir para contarla”, cómo a los 23 años, con lo que le pagaban por sus notas diarias en El Heraldo, “que era casi menos que nada”, “iba sobreviviendo a cuerpo de rey”. En esta hermosa paradoja hay esperanza.

Prado López Galán
Prado López Galán

Últimas publicaciones de Prado López Galán (Ver todas)