Seres de cristal

Sin duda el término de moda es “estar conectado”. Todo en esta sociedad debe estar conectado: las personas, las viviendas inteligentes, los vehículos y hasta la nevera para que pudiera hacer la compra por su cuenta. El móvil es ya una prolongación de nuestra mano, nos aferramos a él como si nos fuera la vida en ello. Si se nos cayera a un precipicio, dudo que lo soltásemos, nos despeñaríamos con él y, si pudiésemos, intentaríamos salvarle del impacto, despanzurrándonos nosotros primeros contra el suelo.

 

En esta sociedad conectada, tenemos en la nube casi todo lo que somos, sabemos o hacemos y no solo nosotros, sino gran parte de las personas que forman parte de nuestra vida cotidiana. Como si de una gran red neuronal se tratase, somos nodos de intercomunicación de datos a disposición de cualquiera que se quiera “conectar” y, por otra parte, somos un poco como “la Vieja´l visillo” de José Mota, pero a lo grande, a lo big data, dando forma a ese Gran Hermano que me da más miedo cada día. En este mundo interconectado, solo queda a salvo lo analógico, lo que ofrece alguna dificultad para ser copiado y pegado. Viendo a la gente andando por la calle, esperando en la parada del autobús o frente al televisor, he tenido siempre la certeza de que poco o nada nos importaba lo que les pasase a los demás, salvo a nuestro pequeño círculo de relaciones humanas.

 

 

En nuestras ciudades la gente ni se mira al andar, somos como zombis que deambulamos por este Valle de Lágrimas, esquivándonos para no tropezar los unos con los otros. Pero, sin embargo, no tenemos ningún pudor en difundir a los cuatro vientos nuestras opiniones, sentimientos e incluso flaquezas, a través de las sacrosantas Redes Sociales. Esas redes nos tienen atrapados como a pececillos de colores, coleando, no sé muy bien si de despreocupación o por asfixia.

 

Nos desnudamos ante el mundo con un afán exhibicionista que no deja de sorprenderme. A las palabras se las puede llevar el viento, pero ahora todo queda grabado, “pa siempre”, en esa nube que no pende del cielo, sino de algún gigantesco servidor, en no sé qué país desconocido y donde, aparentemente gratis, guardamos parte de lo que somos y lo que fuimos. Y, poco a poco, vamos transformándonos en cuerpos transparentes, “ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”. Seres de cristal, en parte invisibles, en parte vacíos pero, sobre todo, incapaces de ocultar nada porque, compartir forma parte del éxito.

 

Ya no hace falta acudir a ninguna hemeroteca para rescatar legajos amarillentos en busca de opiniones o noticias de interés. Nuestro móvil personal es una llave maestra que lo abre todo. Almacena claves que son como llaves que hemos copiado y compartido de no se sabe quién, ni cuando y que, a su vez, abren nuevas puertas de otros seres de cristal, locos por compartir sus virtudes y sus miserias. Cuando Andersen escribió su famoso cuento del Traje nuevo del emperador, no pudo imaginar que llegaría el día en que todos a acabaríamos por ir desnudos y, como el soberano del cuento, sin apenas darnos cuenta de ello. Hemos convertido nuestra sociedad en una gran playa nudista, en que la mayoría, salvo honrosas excepciones que el tiempo se ocupará de estropear, enseñamos nuestras poco eróticas vergüenzas.

 

Pero a quién le importa ello si, al fin y al cabo, todos somos pecadores. Sin embargo, un día, la varita del destino nos toca y nos encumbra al estrellato de la política, el deporte, la cultura, o cualquiera de esas vanidades tan deseadas. Entonces los focos mediáticos nos iluminan, todas las miradas se dirigen hacia el afortunado y, en ese mismo instante, como Adán y Eva en el Paraíso, nos damos cuenta de nuestra desnudez, y la nube, esa famosa nube, descarga una tormenta con las mil y una insensateces que, en un momento de debilidad, se nos ocurrió subir y compartir, en busca de seguidores, “me gusta» o vete tú a saber. Seguro que, desde el Olimpo, los dioses se divierten en ver a aquellos mortales que ansían la divinidad, aunque sea fugaz y cómo después, las mismas circunstancias que les elevaron, los despeñan sin misericordia.

 

Y es que todo lo que sube baja con un movimiento uniformemente acelerado, aunque me temo que más de uno debió suspender física en el colegio y cree que nadie se lo va a recordar, pero se equivoca, la nube sí lo sabe y lo dirá y una figura más, de cristal transparente y frágil, se quebrará; c’est la vie.

 

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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