Reenfocando el síndrome del trabajador quemado

Una línea profesional en la que estoy trabajando con mucha demanda se relaciona con actuaciones para intentar que las personas puedan cambiar y ser más felices dentro y fuera de su trabajo.

 

El síndrome de Burnout o del trabajador quemado es una afección caracterizada por un conjunto de síntomas que generan malestar como resultado del uso de una cantidad de energía excesiva en el trabajo. En consecuencia, la persona vive episodios de desgaste, agotamiento emocional, dolor, distanciamiento de los compañeros, frialdad en las relaciones, comunicación tóxica, baja autoestima, percepción de carga excesiva, juicios negativos e insatisfacción profesional. En fin, resumiendo, sufrimiento, estrés y fatiga crónica que no desaparecen cuando alguien para de trabajar, sino que se incorporan como un “habitus” en la persona, citando el concepto del sociólogo francés Pierre Bourdieu.

 

El éxito del modelo se basa en propiciar la coherencia personal; en comprender que se puede tener razón o ser feliz; en dejar de tomarse las cosas con carácter personal

 

La pregunta que me hacía antes de investigar como antropólogo este síndrome era ¿por qué los intentos desde la medicina, la psicología o desde otras terapias no son del todo efectivos o son incluso ineficaces en muchos casos? A mi juicio: por la desconsideración cultural y lo explico.

 

 

Resulta, que además de ser contenedores de órganos, sacos químicos y seres pensantes, también somos portadores de emociones y parte de una cultura concreta. El ser humano es un ser de encuentro, necesitado del otro, libre, buscador de sentido y transcendente. Es decir, las personas necesitamos de otras personas para relacionarnos, para aprender un lenguaje, para sobrevivir y ¿cómo no? para recibir cariño, reconocimiento y afecto.

 

Pero, el hecho de vivir en un determinado lugar, sumado a nuestras experiencias personales determinan nuestra visión del mundo y nuestros valores. Y el dolor del trabajador quemado procede en gran medida de un “desalineamiento” entre lo que somos y lo que queremos ser, entre lo que pensamos y lo que hacemos, entre lo que sentimos y cómo nos comportamos.

 

Con carácter general, somos seres integrados en inercias infernales, formados por capas incongruentes entre sí, dominados por miedos, somos personas carentes de tiempos para la reflexión, estamos centrados en la acción como huida hacia delante y sin la madurez para coger el toro por los cuernos y tomar las riendas de nuestra vida.

 

El otro demonio de nuestra cultura es el ego, el destructor invisible de las relaciones sociales y el gran aniquilador del individuo. Con el agravante de que, en la mayoría de los casos, quien más critica el ego ajeno, es quien más está dominado por el trío: ego, soberbia y vanidad enmascaradas en la falsa humildad. Pero que no cunda el pánico, estos elementos son eminentemente culturales y pueden tratarse desde un enfoque global.

 

La persona afectada de burnout requiere trabajar el alineamiento en cuatro ámbitos: la identidad, sus sistemas, sus metas y su plan de acción. El éxito del modelo se basa en propiciar la coherencia personal; en comprender que se puede tener razón o ser feliz; en dejar de tomarse las cosas con carácter personal; en adquirir las competencias para aprender a escuchar las necesidades del otro; advertir que el perfeccionismo nos convierte en seres absolutamente insoportables; en integrar que si esperamos a que todas las circunstancias se pongan de nuestro lado, nunca pasaremos a la acción; en asimilar que hay vida después del trabajo; en entender que sin red social somos seres aislados con muchas papeletas para la depresión, en pensar que compararnos con los demás siempre conduce a la infelicidad porque siempre habrá alguien más listo que nosotros, con más dinero que nosotros y que hace las cosas mejor que nosotros, etc.

 

El síndrome del trabajador quemado es una consecuencia lógica de la sociedad contemporánea y la concibo como una enfermedad cultural que requiere de un tratamiento que permita a la persona experimentar un cambio en su sistema inmunológico cultural para modificar prácticas y la forma de mirar la realidad. Si partimos de la premisa de que nadie puede cambiar a nadie y que sólo podemos cambiarnos a nosotros mismos, ya tenemos la clave para convertir nuestros límites en puntos de partida.