¡Qué bello es vivir!

Me han impresionado los dos últimos intentos de suicidio en Toledo, en los que dos personas han intentado quitarse la vida arrojándose a las aguas envenenadas del río Tajo. Hay que imaginarse cómo estará el cuerpo y el alma para llegar a esa situación en la que vivir carece de valor.

 

Nadie se da la vida a sí mismo y sin embargo muchas personas defienden esa autonomía de decidir en qué momento se quitan de en medio. Y ya se sabe que la vida hay que vivirla a vida y a muerte; que en el lote va irremediablemente el jodido hecho de morir.

 

Y esta es una razón poderosa para celebrar la Navidad y para reivindicar que la vida es algo valioso, porque hay personas a las que quiero y que me quieren.

 

Es verdad que hay circunstancias duras. Claro que sí: una enfermedad, un despido, un divorcio, una desesperación, un fracaso. Es connatural a la vida el conocer el sufrimiento. Luis Rosales afirmaba que las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir. Y hay un momento en el que el final no se atisba lejano (se ve a unos metros o a unos kilómetros) y hay que prepararse para despedirse. No sólo es importante saber vivir sino también saber morir.

 

En mis clases me gusta explicar a mis alumnos cómo murieron los grandes filósofos, para ver si estos pensadores nos dejaron un ejemplo para afrontar con serenidad el último tramo de su vida. Sobre este tema recomiendo un libro escrito por S. Critchley que lleva por título El libro de los filósofos muertos.

 

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Santiago Sastre
Santiago Sastre

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