Puente de plata

Los pediatras tienen identificada la llamada etapa del “no” en un bebé entre los dos o dos años y medio. Esta necesidad de oponerse a las decisiones de los demás y de reafirmarse en las propias, es algo natural y síntoma de un saludable crecimiento. Con el paso del tiempo y tras una juventud, más o menos contestataria, la madurez nos va haciendo más sumisos.

 

Empezamos a aceptar tanto lo que nos gusta como lo que no, bien por imponderables culturales, sociales o económicos o, sencillamente, por cobardía. Y esa aceptación, por convicción o a regañadientes, suele ser el principio de gran parte de nuestros males, porque, imperceptiblemente, empezamos a olvidar el decir “no”. Cuánto hubiéramos agradecido el decir un no a tiempo.

 

El no es como una escoba que barre el polvo, origen de muchos lodos; un corte de corriente que resetea nuestra ordenador personal y le vacía de basura, que, como poco, ocupa espacio. Y este proceso de acumulación de todo lo que nos cae encima y a lo que somos incapaces de decir que no o de desechar, hace que tengamos cada vez más peso a nuestras espaldas. Pero aún queda lo peor, pues todo ese lastre empieza a ser imprescindible en nuestra vida diaria y pensamos que, aunque sea por desgracia, forma parte de nosotros, y sin ello, la vida no es posible.

 

El ejército romano se dio cuenta que las pesadas cotas de malla, largas espadas y protecciones metálicas de todo tipo, les hacían muy lentos y torpes, por lo que equiparon a sus centurias con protecciones de cuero y espadas cortas. Se trasformaron en un ejército mucho más veloz y ágil y se hicieron los dueños del mundo, hasta que los bárbaros del norte les pillaron desprevenidos y disfrutando en el SPA, lo cual es propio de una sociedad opulenta y perezosa, -bueno casi como la nuestra ahora, ¿no?-.

 

Decir que no, es bastante saludable. Descubrir que hay otro tipo de vida y otro tipo de personas, a veces muy cerca, puede ser muy enriquecedor. Incluso y lo que es más sorprendente, cómo nuestra vida diaria y las mismas personas que nos rodean, pueden ser distintas, poniéndolas a cada una en su sitio. El no rearma nuestra autoestima y refuerza nuestra imagen ante los demás.

 

En alguna que otra ocasión les he propuesto un juego: escribir en un papel las cosas que nos agradan, una especie de brainstorming positivo. En este caso vamos a hacerlo en sentido contrario: anotar todo lo que nos fastidia en nuestra vida, tanto en el apartado personal como profesional. Todo a lo que nos gustaría decir “ basta ya” y, empezando por lo más sencillo, por lo que tenemos más a mano, decirle que “no” y, a ver qué pasa.

 

Y si empezamos a decir que sí a lo que nos alegra la vida y no a lo que nos la amarga, podemos ir transformando este “valle de lágrimas” en un entorno más agradable. Alguno de ustedes me recordará el viejo tópico de que casi todo lo bueno en la vida, o engorda o es pecado, pero ese casi nos da un margen que podemos aprovechar sin atentar contra nuestra salud o jugarnos el paraíso. Y, por contra, en el lado oscuro de la fuerza donde mora todo lo desagradable, pernicioso e inconfesable, hay multitud de enemigos a los que tendríamos que tender ese puente de plata del que nos habla nuestro rico refranero, darles una larga cambiada y que desaparecieran de nuestra vida.

 

Escapándome de temas espinosos, se me ocurre un ejemplo perfecto para nuestro juego: durante el verano se produce un hecho casi milagroso, casi todos descubrimos que podemos vivir casi sin televisión, y el motivo es que descubrimos otras muchas cosas agradables que rellenan rápidamente el hueco que dejan las eternas programaciones deportivas o las series interminables, que parece no podemos dejar de ver. Por ello, les sugiero un puente de plata para todo ese lastre que nos aplasta contra el suelo, y que se vaya con viento fresco. Volver a la niñez y decir de vez en cuando: “no”.

 

No hay nada imprescindible, nada insustituible; limpiemos de archivos basura nuestro cerebro y hagamos un hueco para un montón de cosas agradables que nos rodean y para las que siempre decimos que no tenemos tiempo.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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