Profetas del pasado

La confusión reina tras dos sesiones de investidura donde hemos visto de todo: desde un intento legítimo de pacto de dos formaciones políticas para buscar apoyos en la formación de gobierno, hasta el inmovilismo trufado de sarcástica ironía de un renacido Rajoy obstinado en mantener su gobierno en funciones hasta que el cuerpo -electoral- aguante.

 

Pero, sin duda, la gran aportación frustrada al debate y a la gobernabilidad del país ha provenido del espectro de una formación de la autodenominada nueva política y de su líder. El nuevo “profeta del pasado” Pablo Manuel Iglesias no defraudó a su hinchada convirtiendo su intervención en una soflama contra todo y contra todos, no solo descalificando a los adversarios políticos convertidos por momentos en los mayores enemigos y traidores de los ciudadanos, sino también trayendo a colación, a falta de mejores argumentos, algunas de las peores páginas de nuestra historia y esgrimiendo los más viejos rencores.

 

Una intervención a caballo de la crispación política, esperando obtener con ella réditos políticos en una sobreactuación cuyo lucimiento personal se propuso conseguir aún a costa de crear fracturas sociales y políticas de difícil curación en un país cuya sociología democrática sufre aún algunos síndromes provenientes de la división de las “dos Españas”.

 

Es posible que determinados discursos y eslóganes colocados como coletillas puedan ser útiles para agitar, pero cuando se trata de aportar soluciones, de construir, son de muy incierta rentabilidad para un proyecto de país y de futuro.

 

La historia nos enseña que casi nunca se podrá construir nada con vocación de futuro sobre un panorama plagado de destrozos, odio y desconfianza

 

Por desgracia, un cierto adanismo se ha instalado en un sector de la llamada “emergente nueva izquierda” y un espectro no despreciable de sus votantes se ha apuntado acríticamente a este discurso que pretende arrasar con todo, partir de cero, negando legitimidad democrática a las ideas y las propuestas que no provengan de ellos mismos. Y se ha construido sobre una retórica populista que, haciendo tabla rasa con nuestra historia más reciente, sitúan a todo lo que ellos no representan como al servicio de las “élites”, doblegados a “poderes exógenos” al país y a la democracia, cuando no como integrantes de un pretendido “bunker” inmovilista y reaccionario.

 

Para este viaje, no hacían falta tantas alforjas. No creo que sean necesarios, como ya he comentado con anterioridad, ni una segunda transición ni un nuevo proceso constituyente, pero sí las reformas políticas que aborden la salida de la crisis priorizando el empleo y no el déficit, reformas para poner al día la democracia, afrontar los nuevos retos que tiene el país, y solucionar desde una amplia agenda social las situaciones de injusticia y desigualdad generadas por la gestión de la crisis realizada por el PP; por cierto, reformas que, muchas de las cuales, se incluyen en el programa expuesto por Pedro Sánchez en su intento de investidura.

 

Pero parece que, frente a esto, se siguen patrocinando desde Podemos y su líder máximo experimentos de difícil encaje económico y constitucional desde un discurso de campanario que promete soluciones imposibles; eso sí, con la única “garantía” de su presencia en el gobierno de España, vicepresidencia incluida, y con ello el control de las áreas más importantes del poder político confiadas al “gran pedigrí de izquierdas” de sus patrocinadores.

 

Y si no es así, no es posible un acuerdo, ni la transversalidad para lograr la investidura, ni la puesta en marcha de las más urgentes medidas sociales frente a la desigualdad, ni las reformas que deben limpiar el país de corruptelas institucionaliza- das. Y, por tanto, no es posible poner en marcha un gobierno que, aunque sin amplia mayoría, eche de la política española al PP de Rajoy y ponga en marcha la imprescindible regeneración democrática del país.

 

No obstante y, a pesar de la escasez de miras de algunos, confío en que la ciudadanía española sabrá evaluar con la inteligencia debida que frente a la complejidad de los problemas actuales se requieren soluciones complejas y no soflamas incendiarias que instalen nuevas fracturas en el país.

 

Es necesario rescatar aquellas actitudes dialogantes que preserven a nuestra aún joven democracia de la añeja y secular costumbre española de tejer y destejer creyendo que solo desde la imposición del programa de máximos de cada uno o partiendo de cero se garantizan los mejores y más puros resultados.

 

La historia nos enseña que casi nunca se podrá construir nada con vocación de futuro sobre un panorama plagado de destrozos, odio y desconfianza.

    

Juan Jose Gonzalez

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