Problemas o personas con problemas

Se dice que cada español encierra un seleccionador de fútbol o un presidente del gobierno. Vamos al médico con el diagnóstico ya hecho desde casa y no tenemos ningún pudor en proponerle al galeno las pruebas pertinentes, al fin y a la postre google lo sabe todo y si no, ahí está la vecina, que nos ha aconsejado en base a su amplia experiencia con algún pariente y en quien depositamos siempre toda nuestra confianza.

 

La paz del mundo, los temas candentes de geopolítica, cómo combatir el paro, los conflictos religiosos y sociales y cualquier problema económico o de otra índole, son despachados con prontitud en el tiempo que apuramos una cañita de cerveza en el bar de la esquina. No hay problema que se nos resista, incluso podemos tachar de pedantes a cualquiera que se las da de experto por el mero hecho de llevar toda la vida dedicado a estudiar y trabajar en un tema concreto, mientras que lo único que hace falta es un poco de desparpajo e improvisación celtibérica.

 

Sin embargo el tema cambia cuando, en vez de hablar de cómo resolver el paro, tenemos que afrontar el cómo poder resolver, o al menos ayudar, a un amigo parado. O en vez de sentar cátedra sobre los problemas de la tercera edad y la inversión de la pirámide poblacional, tenemos que encontrar una solución para nuestro padre ya anciano.

 

El ciudadano nos suele criticar, a los que nos movemos en el mundo de la economía, que vivimos siempre en la nube de la Macro, y que no sabemos descender al escenario de la micro, al de las personas que sufren las consecuencias de una crisis y que, con un empleo precario y frágil, enmascaran o maquillan las cifras descomunales de desempleo que aún tenemos en España, y que, por cierto, hemos tenido siempre en nuestra historia reciente.

 

Cuando el foco lo pasamos del ámbito genérico a otro mucho más concreto; cuando cambiamos el gran angular por el teleobjetivo, nos encontramos con la cruda realidad y ya no valen los consejos de nuestro vecino, ni las disquisiciones de barra de bar y, mucho menos, las ocurrencias de todo tipo que nos podemos encontrar en internet. De hecho, en esa distancia corta, que como en el anuncio de desodorante es donde nos la jugamos, es cuando se pone a prueba nuestra verdadera valía como seres humanos: con nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros o nuestros vecinos.

 

Si hiciéramos una lista con los nombres de todas las personas con las que nos relacionamos en nuestro entorno personal o profesional, nos sorprendería que no son pocos, la verdad. Esa es nuestra área de influencia, donde los problemas tienen nombre y cara y donde cada uno de nosotros adquirimos un mayor protagonismo. En la película de nuestra vida, los personajes somos más bajitos y calvos, con más kilos y arrugas de lo debido y donde Photoshop no se utiliza, si acaso un poco de crema para el sol. Y todos, sin excepción, llevamos una mochila de problemas a la espalda.

 

Incluso me atrevería a decir que, aunque pensemos que lo que nos pasa es algo especial y único, casi todas las mochilas llevan las mismas piedras dentro. La colección de problemas se repite continuamente, con una cierta monotonía, pero seguimos pensando que solo a nosotros nos ha mirado un tuerto y que el Ojo de Mordor nos vigila con una insistencia insufrible, pero no es así. El dolor en el cuerpo y en el espíritu, aunque se exprese de formas distintas, es como el aire que respiramos, si bien es cierto que algunos lo sobrellevan con una sonrisa de resignación y otros van por la vida malencarados. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, pero los problemas que forman parte de nuestra vida, nos hacen más humanos, más personas y, quizás hasta mejores. Compartir nuestra vida es compartir nuestros problemas, también las alegrías, claro, pero los eslabones del dolor y el sufrimiento son mucho más resistentes que los de la chanza y la juerga.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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