Porvo, porvo mas que porvo

Hace años asistimos en Toledo a una obra de teatro en la que, reiteradamente, los actores repetían la frase: todo es porvo, porvo más que porvo, -ni que decir tiene que la compañía era andaluza-. El escenario era una montaña de trastos viejos cubiertos de polvo, en un ambiente grisáceo y difuso que apenas permitía vislumbrar glorias pasadas o antiguas riquezas. Aunque no estemos en Semana Santa, ni siquiera en el día de Miércoles de Ceniza donde tradicionalmente la Iglesia nos recuerda nuestra verdadera naturaleza pasada y sobre todo futura, pasar el puente de Todos los Santos en Sevilla y ver procesionar excepcionalmente la Esperanza de Triana por las calles de la ciudad hispalense, me ha hecho reflexionar sobre esta vida, un poco desquiciada, que vivimos.

 

Cómo hemos transformado “ The all Hallows Eve”, la víspera de Todos los Santos, en la noche de Halloween, bromeando con la muerte, con ese punto de irreverencia consumista que hemos importado en nuestra cultura latina, siempre tan dramática y trascendente. La muerte no deja de ser un tema tabú del que mejor no hablar. Es como si nuestro subconsciente prefiriera no mentar “la bicha”, no sea que ello la atrajera. En consecuencia, optamos por frivolizar sobre el hecho inexorable de la muerte o bien decidimos apartarla de nuestra mente. En absoluto quiero dar la impresión de que la muerte sea algo que me obsesione.

 

Pero como quiera que a casi todos nos ha dado un zarpazo, arrebatándonos algún ser querido, creo que se ha ganado, como mínimo, el que le tengamos un cierto respeto y le dediquemos alguna breve reflexión de vez en cuando. El valor de la vida cobra una mayor relevancia cuando tenemos presente que un día nos va a ser arrebatada. En economía, el valor de las cosas viene dado, bien por su grado de importancia o bien por su grado de escasez. En el caso de la vida, se aúnan ambas características, no solo porque obviamente es la cualidad mas importante que poseemos, sino porque, para cada uno de nosotros, es algo único e irrepetible.

 

De hecho es un verdadero milagro que, todos y cada uno de nosotros, estemos vivos: milagro fue el nacer y también el despertarnos cada mañana y sobrevivir todos los días a las mil y una amenazas que nos acechan. Como boda y mortaja del cielo baja, al menos lo segundo es incontestable, solo quisiera fijarme en cómo gestionamos esas horas del día en las que somos conscientes y dueños de nuestro destino. Es cierto que la vida es un riesgo en sí misma y no por quedarnos en casa a buen resguardo vamos a evitar perderla, si ha llegado nuestra hora. Pero no deja de sorprenderme la ligereza e irresponsabilidad con la que nos gusta andar por el filo de la navaja.

 

Las mil locuras que se hacen al volante, como si pareciera que estamos ante un videojuego en 3D, – aplaudo por ello la crudeza de los anuncios de la DGT intentando hacernos ver que el volante de un coche no son los botones del comando de una consola, sino que puede ser el gatillo de un arma. Y qué decir de vicios sociales como el fumar o el alcohol, que no por aceptados dejan de llevarse a la tumba, con años de anticipación, a tantos amigos, familiares o a nosotros mismos. Pero al margen de esta línea argumental, un tanto dramática, hay una segunda aún más sugerente: cómo viviríamos el día de mañana si supiéramos nuestra fecha de caducidad. ¿Nos permitiríamos el lujo de seguir llevando la vida monótona de la que tanto nos quejamos? El reto de cada uno de nosotros no debería ser tanto el vivir más tiempo, fuera como fuera, como aprovechar más intensamente el tiempo que nos ha tocado vivir, teniendo más claro que, realmente, solo existe el hoy. En definitiva, seamos felices con lo que ahora somos y tenemos, aprovechémoslo todo al máximo, porque mañana, Dios dirá. .

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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