¿Por qué nos resistimos al cambio?

Dicen que lo malo en la vida no es que te vaya mal, sino que te vaya bien en lo que no te gusta. Intentamos una y otra vez adelgazar, dejar de fumar, cambiar de pareja, cambiar de trabajo, llevar el coche a pintar, decir no a alguien, etc. Sin embargo, no lo conseguimos. ¿Cuál es el mecanismo que opera en nuestro interior para dotarnos de una resistencia al cambio tan persistente?

 

Para entender esto tenemos dos vías de acceso, una vía racional, y otra vía vivencial que, por ejemplo, puedes recorrer a través de un proceso de coaching. Sobre la vía racional, se trata de filosofía, de antropología y de lingüística. ¡Ay mamá…! Resulta que, en un debate en Grecia entre dos pensadores, entre Heráclito y Parménides, ganó popularidad el argumento del último, que venía a decir que la naturaleza era un todo único, inmóvil e inmutable. Esa idea se quedó como una garrapata agarrada en nuestra concepción del mundo hasta la actualidad.

 

¿Os suena la canción de Alaska “Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré” Pues, aquí tenéis una síntesis de una perla del pensamiento de occidente engordada en su concha durante 2.500 años.

 

Es decir, tenemos las respuestas programadas por transmisión cultural. El problema no es que tengamos respuestas programadas, el problema es que no sabemos qué programa tenemos instalado.

 

Un ejemplo: quiero adelgazar, pero me como cuatro pizzas cada día. El comportamiento oculto podría ser un mecanismo de protección ante mi debilidad de no ser capaz de perder peso

 

¿Realmente nos cuesta cambiar? Si observamos a nuestro alrededor, más bien parece lo contrario. La gente cambia de ropa, de coche, de pareja, de vivienda, etc. ¿Por qué saboteamos entonces los cambios que nos resultan beneficiosos? Por nuestro Sistema Inmunológico Emocional (SIM).

 

Se debe a un dilema interno del inconsciente entre lo que deseas y lo que muestras que deseas. Por ejemplo, quiero dejar de fumar cada noche cuando me acuesto, pero lo primero que hago por la mañana es encender un cigarro. Hay un choque dentro de nuestro SIM que nos defiende de cualquier ataque contra nuestras creencias, o contra nuestros valores. Para neutralizar la confusión debemos en primer lugar, tratar de averiguar dónde están las fracturas, los quiebres, las perturbaciones, las anomalías, dónde encontramos en nosotros mismos comportamientos que compiten entre sí.

 

En segundo lugar, tenemos que descubrir qué creencias están detrás de tales comportamientos. Finalmente, utilizar las emociones de la mano de la razón para valorar si realmente esa creencia nos satisface o no nos satisface. Un ejemplo, quiero adelgazar, pero me como cuatro pizzas cada día. El comportamiento oculto podría ser un mecanismo de protección ante mi debilidad de no ser capaz de perder peso que está ocultando mi vulnerabilidad.

 

La creencia subconsciente podría ser que si los demás no me ven perder peso bajará mi autoestima y me sentiré más inseguro. Esta creencia es la que tengo que cambiar y de ese modo conseguiré adelgazar porque habré producido un alineamiento entre razón, emoción y conducta. Por supuesto, el cambio no es de la noche a la mañana, ahora bien, habremos dejado de matar moscas a cañonazos y estaremos empezando a operar como neurocirujanos del cambio.

 

Heráclito, era quien llevaba razón cuando decía que todo era cambio, movimiento, devenir. Y aunque sus ideas han sido incorporadas al pensamiento filosófico, todavía, no han cristalizado en el pensamiento de lo social. Si el debate lo hubiera ganado Heráclito, los primeros coaches hubieran sido griegos.

 

Los procesos de cambio son la especialidad de los coach y nos formamos y nos preparamos para entenderlos y para intervenir sobre ellos. Simplemente, para saber si necesitas un coach yo te lanzaría tres preguntas: ¿Qué problema tienes? ¿Cuánto tiempo llevas con él? ¿Cuánto tiempo quieres seguir así?