Piscineando

NADIE ES PERFECTO. SANTIAGO SASTRE

No me gustan las piscinas en el sentido de que no me atrae bañarme en ellas. Quizá se deba a que no sé nadar con estilo, me tiro a bomba o de cabeza, buceo un poco y enseguida me aburro y me salgo. Es agua enjaulada, detenida, insulsa, empaquetada, reglamentada, domesticada. Me quedo embobado viendo el correr de un río o la viveza de un mar, pero no me atrapa mirar una piscina. Va a ser que no.

 

Sin embargo, me encanta estar cerca de la piscina y bajo a la de mi urba bastantes veces (el año pasado no me bañé ni un solo día). La novedad de este año es que es de agua salada. Yo la veo así más transparente y menos dañina, al no tener cloro, para la piel; me gusta más así. Me atrae estar en bañador (en la película El escritor, el profesor de escritura le recomienda a J. Gutiérrez que cuando vaya a escribir ponga los cojones encima de la mesa y escriba desnudo, algo que hace literalmente en esta desasosegante película, basada en el relato El móvil de J. Cercas), con los pies en alto, pensando, leyendo y escribiendo, que es lo que suelo hacer cuando piscineo.

 

 

Pillo una mesa y me bajo con un montón de libros (nunca leo uno a la vez y me gusta hacer catas a los libros como a los melones) y de papeles (lo último que escribo), me pongo en una esquina, debajo de un pino (un sitio peligroso por las cagadas de las palomas, ahora moradas y verdes por las moras y las aceitunas que comen; se colocó un búho de plástico en el pino para asustarlas pero ya no les afecta; incluso las palomas flirtean con él) con otros amigos a los que también les gusta leer y montamos algo así como un chiringuito bibliotecario.

 

Otros años echábamos alguna partida al chinchón. Y de vez en cuando al mus, aunque dejé de jugar al mus porque se me da mal farolear y no le encuentro mucho aliciente al asunto de los envidos y los pares. Se podría decir que mi cuadrilla está formada por Juan, Luis, Joaquín y Antonio y que sólo nos vemos con continuidad en la temporada piscinera.

 

Gran parte de lo que escribo nace a los pies de esta piscina. Me relaja estar allí echando el tiempo, embebido en mis cosas. Recuerdo que cuando vivía con mis padres me iba a estudiar al campo. Necesito salir de las rígidas paredes de mi estudio para encontrar otro espacio en la naturaleza donde leer. ¡Cuántas veces habré ido con compis a preparar algún examen de Derecho a los alrededores de Parapléjicos! Me encanta leer y escribir en mitad del campo, en algún parque. Hay quien prefiere un bar. J. Hierro casi siempre escribía sus poemas en el bar La Moderna, acompañado de una palomita de anís.

 

Los libros que bajo a la piscina están al servicio de mis amigos, que los hojean y los leen. De poesía o en prosa, revistas o sesudos ensayos, novela negra o de otro color. Ahora me miran con rareza porque estoy leyendo un libro muy extraño, algo locatis, que me gusta mucho: La posibilidad de una isla de M. Houellebecq. Es un escritor excéntrico, a lo F. Arrabal, muy querido y leído en Francia, donde ha conseguido bastantes premios.

 

¿En qué sentido? Pues no sigue un argumento al pie de la letra, suele ser muy crítico con todo y muy provocador, da mucha preponderancia al sexo. El otro día le leí un texto en el que reivindicaba el papel de los cojones, decía que las mujeres que quieren dar placer a los hombres están muy pendientes del pene pero descuidan el valor (sensible, estético, colgandero, contundente) de los huevos. Apunto este tema testicular para la sexóloga A. Ángel Esteban, ahí lo dejo.

 

También en la piscina se forman buenas discusiones, alguna de gran altura filosófica. Eso me suele pasar con Isabel, experta en cuestionar muchos planeamientos en apariencia lógicos. Éste es el papel de la filosofía, como señalaba Sócrates, al que llamaban tábano o mosca cojonera. Y también hay quien viene a la piscina a hacer ejercicio, a nadar en sentido estricto: mi amigo Fernando Sánchez se tira muchísimo tiempo largueando de aquí para allá. A nadie he visto hacer tantos largos (incluso ya en el agua fría de primeros de septiembre) en mi vida.

 

Las piscinas, igual que las bicicletas, son para el verano. Y se trata de disfrutar, de ser dominadores de un tiempo vacacional que se nos ofrece en carne y hueso, con el cuerpo a flor de piel, con sensualidad. Cada uno debe invertirlo en lo que le gusta y le relaja.

 

Es la vie en rose, la salata vita, el momento en el que con sosiego se puede escuchar el desplazamiento de la tierra (o sea, su rotación y traslación); la vida también ofrece sus momentos de gloria bendita. Y exclamamos lo de F. Rabal en Pajarico: ¡Qué bien se está cuando se está bien! Sea.

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Santiago Sastre
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