‘Pa chulo yo y pa pegarse, mi padre’

La Historia está plagada de salvadores de la patria. Personas a las que el destino o las circunstancias les ha puesto al frente de la manifestación, tomando el volante del coche y que, con más sombras que luces, arrastran a las sociedades a un no saber dónde. Es como cuando se pide a gritos un voluntario y, el que se queda al frente, lo es porque todos los demás han dado un paso atrás.

 

Al fin y al cabo, es de una misma sociedad, con sus virtudes y sus defectos, de la que emana lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Durante siglos, las disputas tribales o las contiendas feudales se decidían por un reducido grupo de elegidos que, desde la cima de la colina, veían el espectáculo de sus huestes masacrándose, hasta el momento en que se decidía, quien había o no ganado la batalla. Cierto es que esos ejércitos eran, más bien, humildes aldeanos que, sin entender muy bien el por qué de todo ese desafuero, perdían lo poco que tenían y en muchos casos, la vida.

 

El desafío era algo de caballeros, pero la disputa correspondía a la plebe, a la que solo había que enardecer suficientemente para empujarla a la contienda: qué fácil es lanzar el pueblo a la calle, a que se dé de leches. Y pasan los siglos, caen los imperios y cambian las civilizaciones, y ese viejo refrán de que “pa chulo yo y pa pegarse mi padre”, sigue vigente. Y no pensemos que este tipo de cosas se circunscriben solo al ámbito social o político, realmente afecta a todos los ámbitos del ser humano: económico, cultural, religioso y, en último término, al entorno familiar.

 

En este último caso, los padres vemos el desdén y cierta soberbia con que nuestros queridos retoños se nos suben a las barbas y nos espetan, sin ningún decoro, que no tenemos ni idea de nada y que somos viejos dinosaurios que no entienden lo que pasa y menos lo que les pasa a ellos. La verdad es que ésta es una vieja historia que se repite, generación tras generación y que acaba siempre de la misma forma: “qué razón tenían mis padres”.

 

En cualquier momento, cuando llega el problema, ahí están mamá o papá para resolverlo, – sé que más de uno discrepará de lo que digo, pero tiempo al tiempo-. Ejercer el liderazgo es todo un arte pero que debe estar rodeado de grandes dosis de esfuerzo y sufrimiento. Los grandes gurús de la gestión de grupos humanos destacan la importancia de cómo delegar el trabajo, distribuir equitativamente los esfuerzos y lograr éxitos compartidos por todo el grupo.

 

Pero quizás no se presta suficiente atención a la otra cara de la moneda, como es que, si bien en la vida casi todo se puede y se debe compartir, en aras al éxito común, la responsabilidad no se delega. Los padres de familia, los directivos de las empresas o los presidentes de los gobiernos, deben gestionar todo implicando al resto de miembros de su entorno, pero la responsabilidad es suya, y lo cierto es que esto se olvida frecuentemente.

 

Están muy de moda las denominadas storytelling; temas muy sesudos pero explicados de una manera sencilla y con ejemplos sacados de la vida misma; el mismísimo Jesucristo las utilizó en sus parábolas, dada la dura cerviz de los que le escuchaban, -así que tampoco hemos descubierto la pólvora-. Por ejemplo: todo el mundo entiende que, aunque los goles los meten los jugadores, si los resultados no acompañan, se cesa al entrenador. Apliquemos el cuento a todo lo dicho anteriormente y nos ayudará a comprender, por qué la responsabilidad nos va a perseguir siempre y, las consecuencias de los actos cometidos por cualquier organización o grupo humano, van a recaer sobre sus responsables. Esa responsabilidad es como un tatuaje tozudo, del que no es fácil zafarse y que nos recuerda constantemente, y muy a pesar nuestro, un antiguo amor que ya hace tiempo que nos dio calabazas y que además lo hace, “pa siempre” y a la vista de todos.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
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