No solo parecerlo, sino serlo

Quién no conoce la célebre frase referida a Pompeya, mujer de Julio César, pero seguro que usted, querido lector, piensa que quien no la conoce soy yo y que dicha aseveración era justo la inversa: la importancia de cuidar lo que la sociedad pueda pensar de nosotros, ante todo. Y tiene usted razón, la pobre Pompeya fue repudiada por el emperador, pese a que éste sabía que era inocente, pero no había hecho lo suficiente por parecerlo.

 

Me gustaría, no obstante, darle la vuelta a la tortilla y hacer hincapié en lo que realmente somos, sin importarnos tanto el qué dirán. Vivimos en una sociedad que sublima la apariencia, la imagen, ayudada por la cosmética audiovisual que oculta o enmascara lo que realmente somos. Un alto porcentaje de los seres humanos no estamos a gusto con nuestro cuerpo y empleamos tiempo y recursos en cuidarlo en exceso o cambiarlo, con un éxito relativo, diría yo. No importa lo que seamos, siempre que demos la apariencia correcta.

 

Retorcemos nuestro cuerpo en el gimnasio como se retuerce al pequeño bonsay, intentando parar el inexorable paso del tiempo, y entre los que se “ajamonan” y los que se “amojaman”, no queda títere con cabeza. No solo buscamos el elixir de la eterna juventud o embutir nuestras “lorzas” en pantalones que nos marcan hasta lo que no tenemos, sino que, tenemos pavor a que nuestros sentimientos o nuestras ideas no sigan las tendencias de los influencers sociales. Estos son los nuevos oráculos de la verdad absoluta que, como el flautista de Hamelin, puede que nos lleven al precipicio.

 

Ni siquiera es ya necesaria la opinión de un experto en la materia que establezca criterios u oriente tendencias; una encuesta medianamente ordenada y con criterios de selección un tanto oscuros, puede ser ya la clave que defina una estrategia política o los gustos de una sociedad, infinitamente más plural de lo que parece. Incluso ya ni eso, la mercadotecnia puede ahorrarse todos estos pasos y propagar cualquier opinión o incluso una mentira, “urbi et orbe”, a saber con qué aviesas intenciones, con objeto de hacernos creer que el emperador va vestido con ricos ropajes y no desnudo.

 

Nuestra imagen la enjuicia cualquiera; la exponemos en el escaparate de nuestra existencia y es como la piel que nos recubre, ocultando muchas veces la cruda realidad. De hecho, es justamente dicha realidad, formada por nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos, a veces inconfesables, la que vive oculta, pálida por no tomar el sol y temerosa de su fragilidad. La fragilidad del ser humano descansa, sobre todo, en lo que oculta, más que en lo que muestra, y en lo que es, más que en lo que aparenta. El que no tiene nada que ocultar o no busca la apariencia fácil, se transforma en un individuo fuerte y, por qué no, peligroso para los demás.

 

Pero, como dice el refrán, “el que busca halla” y esto lo sabe bien la clase política, especializada en destripar al oponente buscando en el baúl de los recuerdos y en las hemerotecas. Todos tenemos parte de nuestro ser en el lado oscuro de la fuerza y no somos como Hércules, capaces de descender al inframundo y volver airosos y convertidos en héroe. De ahí que nos aterre lo desconocido, la oscuridad y la muerte, donde nuestra imagen se desvanece y solo tiene valor lo que somos y, en cierta medida, lo que fuimos. Pasa el tiempo y éste nos va, poco a poco, desnudando y despojando de todo lo accesorio. Y no queda ahí la cosa, porque, el tiempo se alimenta de recuerdos, de nuestros recuerdos, de nuestra pequeña historia personal. La mayor enfermedad es, sin duda, la que nos priva de nuestra memoria, la que hace desaparecer lo que fuimos y las personas a las que quisimos.

 

Estamos hechos de luces y sombras que forman la imagen que proyectamos de nuestra única realidad, a veces mediocre e intrascendente, pero única e irrepetible, capaz de sembrar alegría o desdicha; y, puestos a elegir y para los cuatro días que vamos a estar por estos lares, creo que es mejor dejar un buen regusto de nuestro paso por este Valle de lágrimas. Para el bueno de Shakespeare, el dilema radicaba entre el ser o no ser, pero realmente el problema del ser humano radica en el no ser, pero parecer.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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