Nicho ecológico

La naturaleza es un libro abierto sobre cómo adaptarse a cualquier condición y poder prosperar en dura competencia con otros innumerables seres que conviven juntos; y todo ello desde que el mundo es mundo y la vida empezó a desarrollarse en él, lo cual hace la friolera de unos 4.000 millones de años, aunque este dato es bastante especulativo. De cualquier forma, es una cifra tan increíble, que por sí sola demuestra que, en todo ese tiempo, la Vida con mayúsculas y todos los seres en los que ésta se ha ido plasmando, han mostrado todo un derroche de imaginación y adaptación al entorno y éste, siempre cambiante, se ha encargado de eliminar a algunos, a muchos diría yo, y preservar a otros.

 

La palabra clave para definir el éxito de un ser vivo es “nicho”, o mejor dicho nicho ecológico: ese pequeño ecosistema en el que se puede nacer, desarrollarse y prosperar y en el que se tiene ventaja competitiva respecto a los demás. Y junto con ello, otro concepto también esencial, “interacción”: cómo ese ser se relaciona con todos los de su entorno, de forma que ambos salgan beneficiados. Pero estas consideraciones no pretenden ser una clase de biología, sino que, con esta reflexión, solo quiero mostrar cómo algo tan complejo como es la vida, reduce sus claves de éxito a dos principios: encontrar nuestro ecosistema natural donde desarrollar nuestra actividad, y garantizar una buena relación con todo lo que nos rodea, y ello tanto en lo personal, como en lo profesional y tanto en lo físico como en lo espiritual.

 

El león depende del ñu, pero el ñu también depende del león porque sin esa depredación acabaría muriendo por falta de alimento, tarde o temprano. Y esto lo podemos llevar a cualquier ámbito de la vida, aunque nos pueda sorprender: el Barcelona depende del Real Madrid, los partidos de izquierdas de los de derechas, los hombres de las mujeres, el Bien del Mal, la exportación de la importación, etc , etc., y viceversa claro; qué harían los unos sin los otros. Todo tiene su cara y su cruz; somos cuerpo y alma; existe el yin y el yang, y no hay cielo sin infierno. Sé que no soy muy ortodoxo al enunciar esta personal teoría, pero es cierta como la vida misma.

 

Pero dicho esto, es paradójico que estemos atravesando una etapa histórica en que parece que está resurgiendo lo que un amigo llamaba el complejo ET: “mi casa”. Una filosofía según la cual, los demás me sobran, en la que como mejor estoy es “yo solo conmigo mismo” y donde hay que reconstruir fronteras que me defiendan de los demás. Todo ello me recuerda la canción de La Muralla, texto del poeta cubano Nicolás Guillen y versionada hasta la extenuación.

 

Es como si, en el fondo, al ser humano le encantase levantar muros, que piensa serán fuertes y duraderos, pero que apenas son esa pequeña barrerita de arena con la que pretendemos que una ola nos moje la toalla cuando sube la marea; es que en el fondo somos unos niños. Los humanos tenemos un tejido maravilloso, de apenas unos pocos milímetros de espesor, que es la piel: flexible, elástica, sensible, impermeable pero transpirable, en parte reconstruible y que nos defiende de todo lo que nos rodea pero con suavidad y encanto y, curiosamente, provocando la atracción del resto de seres humanos en nuestro entorno. Atesora el don del sentido del tacto, probablemente el más básico y natural y que compartimos con otros muchísimos seres vivos.

 

Porque la especie humana es, ante todo social y solo desarrolla su máximo potencial compartiendo con los demás lo que cada uno de sus miembros, cada uno de nosotros, es capaz de ofrecer en nuestro particular nicho ecológico. Creo que nuestra especie ocupa el vértice de la pirámide del ecosistema porque ha sabido aunar la máxima capacidad de especialización con la necesidad imperiosa de vivir en sociedad. Y la única barrera que se nos ha dado por el Creador es una finísima y suave piel, cuyo solo roce puede desencadenar placer y cariño. Y ahora, en este verano, que cada cual se aplique el cuento.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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