Negror

Aunque el diccionario de la Real Academia incluye esa palabra como cualidad del negro, lo entrecomillo por referirme a la acepción catalana de ese cielo negro y espeso que barrunta tormenta y a la que nuestros queridos Asterix y Obelix tenían verdadero pánico, – recordemos que lo único que les amedrentaba era que el cielo se les cayera encima-.

 

Negror, palabra impresionista, breve, onomatopéyica y de la que solo se pueden esperar rayos y truenos: el segundo “acongoja” pero el primero mata. Curioso carrusel de borrascas, no solo meteorológicas, sino sociopolíticas que asolan la península desde hace ya un montón de meses y para las que no valen chubasqueros ni paraguas.

 

Pensamos que entra la primavera y, ¡zasca¡, nueva ciclogénesis explosiva al canto. Porque, si en las regiones del norte el chirimiri no cesa y nos acostumbramos hasta ir a la playa lloviendo, en el querido levante español te viene una gota fría y te ahoga, -y tampoco se salvan el resto de regiones, hay para todos-. Ríete tú de los monzones de Asia y el Indico o los aguaceros torrenciales de las selvas tropicales. “It’s raining cats and dogs”, que dirían nuestros vecinos del Brexit, pero nada comparado con nuestro negror que hace que “lluevan sapos y culebras”, que eso sí es llover y con reminiscencias de castigo bíblico, además.

 

La verdad es que ya es un poco cansino tanto negror y de ir calado hasta los huesos; todo el mundo hablando del negror a todas horas; los medios de comunicación avivando las ascuas y más negror a la atmósfera. En los países del norte: Escocia, Bélgica, Suiza, Alemania, etc., puede que estén acostumbrados al cielo gris, pero nosotros tenemos algo único, especial, luminoso y alegre, tenemos “clima mediterráneo”. Yo creo que es lo que hace a la gente más amable, sonriente y charlatana, que colorea el cielo de azul y atrae a los pálidos habitantes de los países del Norte. Negror, suena a tubo de escape de un vehículo a punto de convertirse en chatarra, que escupe carbonilla y atufa por donde quiera que pasa. Todo el mundo lo mira y no por tratarse de una joya antigua y venerable, sino por viejo y ruidoso.

 

Negror en el cielo y negror por las calles; ni siquiera los chaparrones que nos caen se lleva tanta peste; es más, se reproduce y aparecen nuevos focos como si de un incendio de verano se tratase, devorando la alegría y las ganas de remontar el vuelo que tenemos los ciudadanos de a pie. De pequeño se incendió el taxi en el que íbamos toda la familia al pueblo, de vacaciones, nosotros seis y el taxista, -eran otros tiempos- y durante años tuve el olor a quemado en la pituitaria. El olor a chamusquina lo impregna todo y España atufa.

 

Dicen que la televisión es una ventana al mundo, pues como se te ocurra abrir esa ventana, te entra más peste aún, como cuando se le pegan las lentejas al vecino de abajo. De verdad, ¡un poco de misericordia!, no nos merecemos vivir tanto tiempo oliendo a quemado y a basura y con tanto negror por todas partes; es un tema ya cansino, a más no poder. Y por si fuera poco hemos decidido internacionalizar el asunto y, así, todos “pringaos”. Pero, no hay mal que cien años dure. El anticiclón de las Azores volverá, en algún momento, a situarse un poco más al norte y desviará el carrusel de borrascas a algún otro parque de atracciones y volveremos a disfrutar de nuestro sol y cielo azul. Lo que me temo es que, durante bastante tiempo, seguiremos pisando carbonilla por las calles, que nos recordará, el negror, el maldito negror. Y, qué mal suena, Dios mío.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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