MIS CONVERSACIONES CON BLANCHE

El pasado mes le dedicábamos unas líneas a ese tesoro efímero que es la juventud. Y como están de moda las sagas, se me ha ocurrido hacer un segundo capítulo a propósito del escenario intergeneracional. En cualquier selección de personal se valora especialmente la capacidad del candidato de poder desenvolverse con soltura en un ambiente intergeneracional variopinto. Individuos con una muy distinta apariencia, gustos, preparación e ideales conviven y entran en conflicto, pero son una fuente inagotable de energía y de distintas formas de ver la vida.

 

Es como la enorme energía que se desencadena en una tormenta como fruto de la carga positiva en la cima de la masa nubosa en contraste con la carga negativa de su parte inferior (o bien con la carga positiva de la superficie terrestre). Ese diferencial se resuelve con una descarga brutal que mata o crea vida (probablemente en el inicio de la vida en la Tierra tuvo mucho que ver con las ingentes descargas energéticas sobre la sopa primitiva de compuestos químicos que inundaba nuestro joven planeta).

 

 

Pero volvamos a ese choque intergeneracional que los padres vivimos en nuestras casas con nuestros hijos y que también se reproduce en los centros de trabajo y en nuestra sociedad en general. Hace apenas un suspiro acababan las fiestas navideñas y me enfrentaba a la incorporación a nuestra oficina de una universitaria, Blanca por más señas, insultantemente joven, dispuesta a empaparse de conocimientos de economía internacional en nuestras oficinas y a comerse el mundo, dicho sea de paso.

 

Y lo cierto es que yo no sabía muy bien cómo encauzar este tema y salir airoso del brete. A mi edad puede uno pensar que ya no está el horno para bollos y que, demasiados líos tiene uno como para asumir retos didácticos a jovencitos inexpertos. Puntual como un clavo, todos los días a las 8 y pico de la mañana se presentaba en mi despacho a la voz de “buenos días jefe” esa chiquilla, animosa y sonriente con un cuaderno en el que anotaba miles de cosas que se supone yo decía. Su desfachatez iba in crescendo porque a mis comentarios y sugerencias le sucedían los suyos, poniendo de manifiesto cómo el mismo problema se podía afrontar desde ópticas tan distintas y, justamente a mí, al que no es nada fácil de convencer y hacer cambiar de opinión.

 

En apenas un par de semanas, el embarazoso reto de tutorizar a una joven profesional se fue transformando en una suerte de tertulia, entre dos seres humanos, de dos generaciones muy distintas a los que les divertía contrastar pareceres. Si en lo somático las diferencias eran obvias (y mira que le tenía prohibido llevar tacones, porque no es de buen gusto dar capones a tu jefe con la barbilla, qué habrá comido esta chiquilla), en el ánimo, en el espíritu, todo fluía con tal cordialidad y normalidad, que ese rato mañanero de charla sobre toda suerte de temas, profesionales y humanos se fue convirtiendo en una de las experiencias más placenteras y enriquecedoras que recuerdo en años.

 

La lucha intergeneracional es un hecho. Nuestros hijos nos ningunean y nosotros los tildamos de engreídos y arrogantes, pero, de pronto, alguien nos mira, aparentemente nos escucha, nos sonríe y, con la guardia ya baja, no suelta su opinión, sensata y amable, y nos mata. Siempre he pensado que el mirar a los ojos y sonreír es un “arma letal” en las relaciones humanas. No hay nada más agradable que bailar con tu pareja sonriendo y mirándose a los ojos. Mis conversaciones con “Blanche” como le suelo llamar, por darle un toque de esnobismo, eran una suerte de baile.

 

Lo importante no era el tipo de música ni la temática, sino “bailar”, hablar y dejar que el tiempo pasara como quien mueve la cucharilla en la taza de café y los problemas empezaban a disolverse, (también tengo la teoría de la disolución para afrontar problemas enquistados: disolver para vencer, pero eso para otro día). Hablar, sonreír, bailar, qué cosas tan sencillas provocan tal nivel de satisfacción. Aún no sé si Blanca baila bien y no creo que llegue a saberlo, pero, como decía mi abuelo: “a quien te mira a los ojos y te sonríe, no le miras los pies”.

 

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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