Miedo a decir “no te quiero”

 

Tengo la gran suerte de contar en mi vida con una psicóloga y persona excepcional y por supuesto amiga, Mila Cahué, especialista en temas de pareja y autora de numerosos libros. Referente en mi vida profesional y en la personal. El amor es una experiencia de crecimiento, de satisfacción y de plenitud. Objetivamente el amor no hace sufrir, el amor es incompatible con el sufrimiento. Nos hacen sufrir las expectativas y la comprobación de que quizás tienen poco que ver con la realidad, el empeño en que alguien nos quiera cuando no está por la labor (no hablo de comportamientos dictados por psicopatologías, normas irracionales… hablo en general).

 

La relación hay que trabajarla y cuidarla, es un trabajo de los dos, recíproco. Esa es la actitud de querer. No se puede obligar al otro a que nos quiera, sobre todo porque para que eso ocurra tiene que existir lo básico, el sentimiento, el amor. El amor es un sentimiento y amar es una conducta. Los sentimientos no pueden crearse, aparecen, no pueden imponerse ni forzarse, ni para que aparezcan ni para que desaparezcan. El amor es uno de los sentimientos más placenteros que puede experimentar una persona: ocupa un espacio y un tiempo que está en la esencia de nuestro día a día.

 

Cuando en una relación uno percibe que ya no siente o que el otro no siente, y además existen pensamientos de no querer seguir ahí, es cuando empiezan a reproducirse en la cabeza una “lista de miedos” que hacen que sea difícil y en ocasiones imposible, sin ayuda, abandonar la relación. Condicionamientos sociales, morales, familiares… hacen en ocasiones mantenerse en el sufrimiento de una relación muerta. Miedo a quedarnos solos; esta situación, miedo a la soledad, suele tratarse con el entrenamiento en habilidades sociales. Miedo a tomar decisiones: no tomar decisiones es una decisión que también tiene sus consecuencias. Seguir en un pareja vacía también es culpa nuestra. Miedo a decir “ya no te quiero”: mantenerse en una relación en la que ya no se quiere, es engañarnos a nosotros mismos y a nuestra pareja. Evidentemente cuando hacemos explícito el desamor, el dolor es inevitable, pero el cambio es necesario.

 

Lo importante es plantearlo con humildad y en una actitud activa: aguantar el chaparrón sin mover una pestaña y, muy importante, ser firme en la decisión tomada. Hay que expresar el desamor con tranquilidad y estar tolerantes a lo que el otro quiera decirnos, porque también tiene derecho a expresarse. Muy importante es la firmeza y la ajenización a posibles expresiones con la intención de culpa. Somos libres al sentir y además no decidimos cuando ni cuanto sentir, ni cuándo dejar de sentir… percibimos el desamor y por los dos, actuamos. A veces, muchas veces, cuando expresamos el desamor también estamos liberando al otro de tomar la misma decisión y dar el paso.

 

Muchas veces nos involucramos y nos mantenemos años en relaciones que, con el paso del tiempo, vemos que son una continuación de las relaciones de aprendizaje mantenidas con nuestros padres, en nuestra familia. Tendemos, sobre todo cuando se nos educa en la inseguridad y el miedo, en la necesidad de aprobación, en la exigencia, a “buscar” y a “encontrar” parejas que son una continuidad de ese tipo de relaciones parentales en las que hemos aprendido a anular, por inseguridad, nuestras preferencias y a adoptar las de los demás también buscando aprobación y/o evitar críticas. Inconscientemente nos sometemos a una persona que tiene esas características de la madre o del padre para así encontrar patológicamente la seguridad que hemos aprendido a obtener de otros.

 

Normalmente en estas relaciones de dependencia de uno hacia el otro, no existe la intención de protección del que decide, sino una base de personalidad dominante porque no se respeta normalmente lo que desea, “con inseguridad”, el otro. Y en una relación de dominancia, en la que se percibe la debilidad del otro de la necesidad de seguridad, la mejor forma de humillarle sutilmente es dejarle en segundo plano, dejarle relegado continuamente en las decisiones, sentirse como un invitado en su propio hogar. Para sentirse realmente cómodo y feliz en una relación hay que sentir lo que realmente desea la pareja, no se tiene miedo a expresar necesidades y sentimientos y realmente querer hacerla feliz porque además existe respeto y reciprocidad.

 

Sacar lo mejor de uno mismo se produce cuando uno ama y se siente amado, expresa por qué la quieres y por qué es tan importante para ti. El amor verdadero es el que potencia lo bueno de ambos y facilita pensar en las necesidades del otro, sin intereses. Si en la educación se dejase volar a los hijos, dentro de unas normas claro, y se les enseñase a no necesitar la aprobación en cada paso que dan, crearíamos adultos más independientes y seguros, a personas capaces siempre, sobre todo, de tomar sus propias decisiones, las que prefieren, las que les hacen felices.

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