Match point

Siempre me ha parecido increíble la precisión que hay que tener para meter una pelota en una canasta de baloncesto, rodeado de manos bloqueando y con la tensión de un cronómetro que te presiona constantemente.

Y qué decir de una pelota de golf, minúscula, que apenas se ve, volando hacia otro minúsculo agujero escarbado en la hierba (algo de suerte hay que tener para embocarla a cientos de metros de distancia y que me disculpen los golfistas consumados por decirlo). En el fondo nos pasamos media vida, la otra media la empleamos durmiendo y comiendo, apuntando a todo tipo de objetivos, presionados por el tiempo, el entorno y nuestras propias ansias por alcanzar el éxito.

 

Pero ese éxito a veces se torna en fracaso por unos centímetros, los que hacen que la pelota se desvíe ligeramente y pegue en el poste, saliendo rebotada o, por el contrario, introduciéndose en la portería ante el delirio de la afición, mejor dicho, de la mitad de la afición,- y que se lo digan al Atlético de Madrid, en la pasada final de la Champions-.

Estamos en junio y, como suele ocurrir con bastante frecuencia, es un mes en el que confluyen muchas oportunidades e ilusiones. La del estudiante que alcanza, aunque sea de refilón, el aprobado o la nota necesaria para hacer realidad sus ilusiones de futuro; eventos deportivos a escala internacional, en los que grandes presupuestos se juegan todo un año de esfuerzos, etc., y, este año además, importantes retos políticos que se enfrentan al examen de las urnas, intentando convencernos con variopintas promesas, generalmente descafeinadas que, a poco que pase el tiempo, irán al saco del olvido.

 

A riesgo de que el lector piense que una nueva mención deportiva banalice estas reflexiones, intento pensar qué le estaría pasando por la cabeza a nuestra nueva campeona de Roland Garros, cuando en su último golpe, se saca un globo que cae a plomo en la línea de fondo ante los ojos atónitos de la invencible Serena y que, con 22 añitos, la convierte en la nueva campeona del mundo de tierra batida. Garbiñe decidió jugar a ganar, flirteando con las líneas del campo, a sabiendas de que sólo asumiendo ese riesgo podría vencer. Es cierto que nos pasamos gran parte de nuestro tiempo peloteando sin más, pasando bolas altas y largas a la espera de que nos llegue una bola corta a media pista.

 

La vida es un monótono reloj cuyo tic-tac puede adormecernos, pero, inopinadamente nos deja esa bola corta que hay que atacar con decisión, es nuestra oportunidad y la tenemos que aprovechar. Pero para que llegue esa situación, tenemos que trabajar el punto, con sensatez y solidez porque el éxito se suele truncar cuando vivimos en el riesgo constante.

Y ahora me pongo en la cabeza de usted, lector que ha llegada a este punto. Y ¿si le pidiera que concluyese este artículo y rellenase su propio partido de tenis?; quizás en el ámbito personal o familiar; quizás en su vida profesional o laboral. Cómo usted se trabaja el punto: es constante, detallista, conoce al contrario, sus gustos y debilidades, está atento a las oportunidades.

 

Y, finalmente, ¿es usted valiente para atacar la bola corta que le ofrezca la vida?. Ahora se estilan los relatos interactivos, en que el lector decide la trama a seguir y se decanta por un final u otro. En el fondo, los grandes hechos históricos, políticos o económicos, los escriben seres humanos, de carne y hueso, cuya única virtud consiste en estar ahí en el momento preciso, no haber desfallecido en el largo peloteo de su vida y tener decisión y coraje por aprovechar la oportunidad que se les presentó, atacando esa bola a media pista que todos llegamos a tener y que muchos ni siquiera ven llegar.

La desgracia es que, en algunos de los escenarios de máxima responsabilidad, los que salen a jugar el partido no han cogido una raqueta en su vida y no tienen mucha idea de jugar al tenis. .

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

Últimas publicaciones de Pedro Antonio Morejón (Ver todas)