Maravilloso agosto

Agosto me parece uno de los mejores meses del año. Un mes en el que cada cual debe ser el emperador de su vida (por algo su nombre tiene que ver con el emperador romano Octavio, al que se le concedió el calificativo religioso de Augustus, que significa consagrado), es decir, no estar sujeto a más órdenes que a las que se da uno a sí mismo, para su goce y beneficio. Agosto es un mes consagrado a cada uno, a urdir aquello que a cada cual le produce una mayor dosis de felicidad.

Para viajar me gusta más el mes de julio, porque hace más calor en Toledo y hay menos gente viajando y me agobian las aglomeraciones. También porque en cuanto acaba el curso me viene muy bien para desconectar y sentirme ya de vacaciones. Pero agosto me gusta pasarlo en Toledo. Ya en agosto hace menos calor (refresca un poco), no hay problemas para moverse por la ciudad y hacer visitas a Madrid, donde se puede aparcar con facilidad.

 

¿Con qué identifico agosto? Pues con la desnudez (andar semidesnudo o casi en pelotas por casa, lo que nos permite recordar los últimos rincones y pliegues de nuestro cuerpo), con comer melón y sandía (sobre todo la sandía de Velada, el pueblo de mis suegros, en el que incluso hay un monumento escultórico a esas sandías rayadas, de secano, tan célebres por su sabor), con las reuniones con la familia y los amigos (esas cenas y barbacoas tan divertidas en terrazas y chalés, con cháchara más allá de la media noche), con una gastronomía más ligera (se acabaron los platos contundentes de cuchara y llega el protagonismo de las ensaladas, los gazpachos y las frutas) y, sobre todo , con la búsqueda de agua.

 

 

Primero para beber. Nuestros antepasados bebían el agua directamente de los ríos, por eso llevamos en los genes esa necesidad de beber agua fría. Segundo, para bañarse. En esta faceta soy más raro. Las piscinas no me llaman la atención, es un agua insípida, que no se mueve, que vive en el zoológico del vaso de la piscina, y, además, como no sé nadar con estilo y no me atrae hacer deporte, entonces me canso enseguida. Sí, me tiro a palillo, a bomba o de cabeza, hago un ancho, buceo un poquitín, y ya estoy no sólo fatigado sino aburridito perdido. Las piscinas no son para mí. En la urbanización donde vivo me miran como un bicho verde, pues soy el que más baja a la piscina y no me suelo bañar.

 

Prefiero mil veces la viveza del mar y de los ríos. Pero hay dos actividades que hago en agosto que lo convierten en el mes rey: leer y escribir. Cuando bajo a la piscina, aunque no me baño, me dedico a corregir lo que escribo y a leer. Allí, a la sombra de los pinos (como la canción de María del Monte), puedo sacar cerca de cuatro horas, que dan mucho de sí. Normalmente las lecturas que hago están orientadas por aquello que estoy escribiendo. Pero me encanta poder tirarme mucho tiempo leyendo, sin límites, quedar atrapado en la tela de araña de un libro y zampármelo en varios bocados. Eso es el verano.

 

Y, por supuesto, escribir. Me gusta hacerlo en dos momentos del día: temprano por la mañana, cuando me levanto (no me levanto tarde porque después de comer sesteo un rato), y también por la noche, después de cenar. Es raro, pero este verano no he escrito poesía, pero he terminado una novela policíaca que se desarrolla en Toledo y que posiblemente se titulará Con sabor a carcamusas. Ahora mismo estoy en una fase de revisión estricta, que supone quitar y añadir párrafos e ideas nuevas.

 

Frente a lo que muchos piensan, para escribir una novela lo importante es tener un minirresumen de lo que pasa en cada capítulo, sin perjuicio de que a medida que se avanza sea necesario introducir cambios. Como sugería el escritor Julián Ibáñez, esta es la columna vertebral del libro y hay que trabajarlo mucho (es lo que lleva más tiempo). Pero a partir de ahí, una vez que se tienen las fichas resumidas de cada capítulo, escribir es algo fácil; teniendo el guión a mano se puede hacer la novela en un pispás. Stephen King sostenía que no se debe tardar más de tres meses en escribir una novela.

 

El genial Vázquez Montalbán se apostó con el editor José Batlló a que era capaz de terminar una novela de “guardias y ladrones” en un mes, y no sólo lo cumplió, sino que ¡la acabó en 15 días! El resultado fue la maravillosa Tatuaje, protagonizada por el magnífico detective privado Pepe Carvalho.

 

 

Por todo esto, y porque también me gusta disfrutar las fiestas en honor de la Virgen del Sagrario (por cierto, ¿no es un poco demodé traer a grupos de música del Pleistoceno como “Danza invisible” o “La Guardia”?), me encanta el mes de agosto. No hay apenas correos electrónicos, ni WhatsApp, ni reuniones, ni suena el teléfono, todo va con el piloto automático, casi todas las cosas se posponen con un “vuelva usted mañana”, o sea, después de agosto. Lo importante es saber disfrutar de las vacaciones. Y sentirse un emperador como Dios manda. Ya vendrá septiembre, el tío Paco con las rebajas, y nos tocará obedecer a los mandamases y volver a la normalidad horizontal del soldado raso.

 

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Santiago Sastre
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