Maniatados por la Justicia (dedicado a quien yo me sé)

A duras penas me puedo imaginar el funcionamiento de una sociedad humana en los albores del cuaternario, en un entorno hostil y carente de los más mínimos elementos de confort y seguridad. Supongo que el único objetivo, entonces, era la supervivencia y, de manera paralela la procreación, que no deja de ser una forma de encarar la supervivencia en sí misma.


Decisiones y comportamientos que hoy nos parecerían extremadamente violentos e irracionales, eran la pauta de comportamiento de las primeras sociedades y fueron fraguando la senda por la que ha ido evolucionando la especie humana. De las primeras tribus, con apenas unas decenas o cientos de individuos, nuestra especie ha ido prosperando hasta multiplicarse como las “aves del cielo y los peces del mar”, tal y como reseñan los textos bíblicos.


Sin embargo y a diferencia de otras especies, el ser humano fue delegando parte de sus reglas de juego en la sociedad de la que formaba parte, renunciando a tomar decisiones de motu propio, en pro de un mayor conocimiento y ecuanimidad sociales.


En ese proceso de especialización, en el que cada individuo aporta su grano de arena, aparece un vasto campo de servicios adjudicados a la sociedad en favor del bien común. Se crea así una especie de mercado de servicios básicos y comunes a todos como: la enseñanza, que ya no presta el hombre sabio y viejo de la tribu, la sanidad, antaño ejercida por el curandero o “chamán” y la justicia, a la que renuncia cada individuo en favor de un sistema complejo y garantista que aspira traer un poco de equidad divina a nuestras vidas.


Pero lo cierto es que vivimos en un mundo imperfecto y cualquier ansia de perfección choca con la dura realidad del error humano, del abuso o de la indiferencia. El sistema social de enseñanza necesita del aprendizaje de las reglas básicas de convivencia que quizás solo se aprenden en la familia; la organización sanitaria de la que gozamos, necesita complementarse con hábitos de salud, en muchos casos preventivos, que cada individuo debe conocer y aplicar, pero ¿y la Justicia?


Pocas cosas hay tan próximas a la divinidad como el deseo de impartir justicia. Desde que el Rey Salomón, dictó su clase magistral al proponer cortar al niño en dos para repartirlo entre sus dos presuntas madres, no se ha dado caso similar de sabiduría y rapidez al unísono. Porque la justicia, en su ánimo de garantizar los derechos de todos los implicados, ha postergado la necesaria rapidez a un segundo plano, lo cual socaba sus cimientos más básicos de eficiencia y, por qué no, de humanidad.


Más aún, a diferencia de la enseñanza y la sanidad que permiten conciliar altísimas cotas de conocimiento y preparación con medidas y comportamientos básicos, al alcance de cualquiera, la justicia aspira a monopolizar su protagonismo en un sistema complejo y a veces eterno: “pleitos tengas y los ganes”. Los intereses del agresor y la víctima parece que se igualan y, con el ánimo de no menoscabar los derechos del primero, parece no importar el sufrimiento de quien es agredido. Algunas medidas de prevención, para evitar males mayores, me parecen de una simpleza e infantilidad incomprensibles en una sociedad moderna y solo cuando el hecho dramático se produce, es cuando se desencadena el “llanto y crujir de dientes”.


Los derechos del acosador, del violento, del usurpador, del manipulador, del que es capaz de llevar a su víctima hasta el borde del precipicio, son sagrados, faltaría menos. En tanto que la víctima debe vivir con la zozobra diaria, con el miedo metido en el cuerpo, como si de una cadena perpetua se tratase, sin llegar a veces a entender, por qué a mí.


Quizás esto explique que, en un momento dado, la angustia, el miedo y la desesperación puedan hacernos plantear soluciones inconfesables y, retrocediendo siglos de evolución, queramos recuperar un derecho ancestral de tomarnos la justicia por nuestra mano, dado que la Justicia con mayúsculas parece maniatarnos. Quizás haya quien se esté rasgando las vestiduras en este momento, pero seguro que, ante algunos hechos, próximos o lejanos, usted, respetuoso ciudadano, educado en el cumplimiento de las normas básicas de convivencia, estaría dispuesto a traspasar la línea roja que tanto protege al agresor, sin importarle ya nada, en un arrebato de locura, quizás hasta legítimo. Dios no quiera que la vida nos ponga en ese brete, prefiero no pensarlo para no asustarme.

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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