Mañanitas de niebla…

Los que utilizamos habitualmente la A-42 o su prolongación por la autovía de los Viñedos, estamos acostumbrados a esa niebla, pegada al asfalto, que nos hace levantar el pie del acelerador y desear encontrar otro vehículo que, con sus luces rojas, nos marque el camino. De hecho, son a veces más útiles las luces rojas “de peligro” que las luces delanteras que apenas iluminan las líneas blancas de la carretera.

 

La vida, como la carretera, siempre nos depara días de niebla espesa a los que enfrentarse, con la sensación de falta de orientación y de peligro inminente. Curiosamente hay conductores que recomiendan la estrategia, a mi modo de ver un tanto arriesgada de ir rápido y por el carril izquierdo para no encontrarse vehículos lentos en su camino, dicho de otra manera, vivir la vida de manera acelerada, con la sensación de un cierto vértigo y confiando en que se cumpla eso de “virgencita…que no nos pase ná”. La otra escuela, más cauta, es la que esbozaba anteriormente y que se basa en apoyarse en los demás, y que sean los focos de los otros los que nos iluminen y nos marquen el camino, ir lento pero seguro.

 

El ver con los ojos de los demás, beneficiarse de las experiencias ajenas y no cometer los errores que otros cometieron, puede que no sea una estrategia muy atractiva, pero sin duda nos ahorraría muchos sinsabores. La historia nos confirma machaconamente, cómo al ser humano le encanta tropezar en la misma piedra, una y otra vez, pero ello no nos vacuna contra el peligro futuro.

 

Curiosamente, la forma de enfrentarse a los grandes problemas, que además se reiteran, la tenemos muy cerca de nosotros, más bien dentro de nosotros. Actualmente no existe ningún fármaco que destruya directamente a un virus, la única fórmula que tenemos es el haber resistido la enfermedad que nos ocasiona y que nuestro cuerpo sepa como contraatacar cuando reciba una nueva invasión. Es la experiencia vivida la que nos salva, incluso la que puede salvar a otras personas.

 

La experiencia es un arma poderosa y, sin embargo, nuestra sociedad suele despreciar a los que la atesoran. Probablemente esto lo digo porque cada vez soy más consciente de que los años no pasan en balde y que, aunque el espíritu se mantenga joven, cada vez me duelen más partes del cuerpo cuando me levanto. La experiencia de los años versus la frescura e inocencia de la juventud; dos caras de una misma moneda, dos formas de enfrentarnos a nuestro día a día. Desgraciadamente la atmósfera que respiramos se caracteriza porque todo es inmediato y móvil.

Respuestas inmediatas, soluciones inmediatas, rapidez, aún a costa de no tener tiempo para reflexionar, y ello junto con la sensación de que todo lo que no cabe en un móvil no existe, “everything is mobile”. Qué mundo tan incongruente: cada vez hay más ancianos y los que no lo somos lo seremos, más antes que después, los bebés son una especie en extinción y ya hay tanto dispositivos móviles en el mundo como personas lo habitamos.

 

Todos conectados, interactuando, compartiendo información, tanto si queremos como si no. Pero en la espesa niebla de la mañana, parece que estamos solos, nuestra vista apenas alcanza unos cientos de metros y nos rodea la nada. Poco a poco la niebla se disipa y la angustia de la soledad también se esfuma, siempre es así.

 

Y nuestra vida continúa tan acelerada como siempre, “petada”, pero ello nos inspirara una cierta tranquilidad, al fin y a la postre somos seres sociales que, en algún momento, añoran dar un paseo por la tarde, mirándonos los unos a los otros, como premio a la mañanita de niebla que quizás hayamos padecido.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

Últimas publicaciones de Pedro Antonio Morejón (Ver todas)