Los mercados políticos

La economía y la política son dos “ciencias” primas-hermanas. Si bien la primera trata de la gestión de los bienes de una organización o sociedad, la segunda versa sobre la gestión de todos los demás aspectos que la definen. Sin duda, ambas son una verdadera tentación para cualquier ser humano y más, cuanto más ambicioso sea. En el ámbito político los actores se vanaglorian de su espíritu desinteresado y altruista, con miras solo en pro del bien social.

 

Y puede que inicialmente sea así, pero pronto la fuerza de la ambición empieza a socavar los cimientos de ese idealismo juvenil y finalmente, o te corrompe o te expulsa de la escena política. Tal es así, que en el seno del pensamiento económico, se han ido desarrollando innumerables estudios sobre los denominados mercados políticos, teniendo en los escritos de James M. Buchanan, en los años ochenta del pasado siglo, uno de los referentes cara a combinar tres de los ingredientes claves de una sociedad moderna: la libertad, el mercado y el estado.

 

Y todo ello ha creado lo que también se denomina el marketing político: la esencia es que todo se compra y se vende y, lógicamente, tiene su precio. Lo que cualquiera entiende sin dificultad para cualquier alimento, producto o servicio, resulta que es también fácilmente extrapolable al ámbito político. Más de uno considerará una aberración o una simplificación exagerada lo que digo, pero, créanme, es algo perfectamente admitido y estudiado y que cualquier asesor de campaña electoral conoce y usa, con un único objetivo: ganar elecciones.

 

El ciudadano vende su voto en las elecciones; se lo compra el político que necesita su voto, y todo a cambio del precio de una promesa electoral. De ahí la frustración de ver incumplido el precio pactado. Ante ese engaño, el mercado reacciona y elimina producto, es decir la gente no vota y se abstiene. Ante la falta de responsabilidad en el incumplimiento, se expulsa al político honesto en favor del pillo y el delincuente. Y si ese engaño electoral se concentra en un partido o grupo político, se fomenta la aparición de la competencia, de un producto distinto, con promesas distintas, que inicialmente seducen al votante, pero que la historia confirma que suele acabar en el mismo punto de partida.

 

Es como un partido de tenis, en el que todos los espectadores giran su cabeza de izquierda a derecha, una y otra vez, sin parar. Los más viejos del lugar se acordarán de un baile de verano que se puso de moda en los sesenta y setenta: la Yenka. Su pegadizo estribillo es un todo una guía del funcionamiento de un mercado político: izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante detrás, un dos tres,-y nos quedábamos en el punto de partida. Pero el mercado político evoluciona, y empieza a ofrecer sus propios productos, sin que el ciudadano los demande.

 

De hecho, genera su propia demanda, como cualquier mercado maduro. Piense en alguno de los temas que actualmente ocupan machaconamente las primeras páginas de cualquier periódico y pregúntese si, a usted, o a su familia le importan realmente para su vida diaria. Además, empiezan a proliferar “intermediarios” que medran entre los ciudadanos y la clase política que, a su vez, tienen sus propios intereses, cobran un precio por sus gestiones e influyen sobre unos y otros. Y la cadena de comercialización se va alargando y ensanchando.

 

Y los intereses empiezan a cruzar las fronteras, creando una telaraña en la que todos nos enredamos y en la que solo se mueve con soltura el arácnido que la ha tejido. Pero el político, como el caballero medieval, necesita de la plebe para dirimir sus contiendas: enervar el espíritu del pueblo y lanzarnos los unos contra los otros sin caer en la cuenta de que, el tema, solo le interesa a él y poco o nada a los que van a caer en el campo de batalla. ¿A que todo esto ya no les suena tan raro? Y dicho todo esto, se pueden imaginar el valor que podría alcanzar en nuestra sociedad el encontrar un político justo, capaz, altruista e influyente. Porque seguro que haberlos haylos, pero abundar no abundan, ¿o sí?.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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