Los dos leñadores

ZONA DE OPTIMISMO

Había una vez dos leñadores que habían alcanzado fama en su reino por la excelente capacidad de talar árboles que tenían. Tal era su prestigio, que el rey decidió enfrentarlos en un combate de tala en su bosque de pinos milenarios para hacer disfrutar del espectáculo a su corte. Los dos leñadores llegaron con sendas hachas.

 

Uno de ellos parecía un gigante, era fornido, con una larga barba y un aspecto bonachón. El otro era delgado, fibroso, muy inquieto y llevaba un fino bigote que acicalaba continuamente. El rey había preparado dos montañas de troncos apilados que ellos debían cortar en pedazos menores, compitiendo durante toda la mañana, justo hasta que las campanas de la iglesia tañeran a mediodía. Tendrían, en total, tres horas de tala.

 

Prueba a reservar unos minutos para definir qué tronco vas a talar mañana, para decidir y priorizar una tarea por encima de todas las demás (…) Cambiar no es tan complicado

 

Cuando el rey dio la orden de iniciar aquella especie de lucha contra el tiempo, los leñadores se pusieron manos a la obra. Su ritmo era dispar: el más fuerte golpeaba cada tronco con una energía que hacía vibrar el suelo ante cada impacto de su hacha contra los troncos. El más delgado se caracterizaba por cortar las maderas con un ritmo frenético, muy enérgico. En el bosque se enfrentaba la musicalidad de los graves de un bombo (boom, boom) frente a los redobles de una caja (taca, taca, taca).

 

 

Durante todo el combate simbólico, el gigante no cesó de golpear con determinación, mientras que el más delgado cada treinta minutos se detenía, desaparecía durante cinco y volvía de nuevo a la carga. Así lo hizo hasta que las campanas marcaron el final del tiempo. El rey felicitó a los dos contendientes y dijo: “Enhorabuena por vuestro trabajo, nunca vi dos leñadores tan buenos en su oficio, vuestra leyenda como taladores es justa. No obstante el vencedor, por poca diferencia es…”

 

Hoy hablamos de tiempo, de esa materia mágica de la que estamos hechos los humanos. Y, la mala noticia, es que no se puede tener más tiempo del que ya tenemos. No obstante, se pueden priorizar nuestras decisiones para optimizar la productividad. En realidad esa es la clave que quiero aportar hoy a nuestra zona de optimismo. Si no dedicamos tiempo a pensar en nuestras acciones, si no apartamos unos minutos cada día para planificar cuál va ser el tronco que talaremos ese día, es bastante probable que quedemos atrapados en una maraña de huidas hacia adelante, listas interminables, sensación de angustia por tener más que hacer de lo que el tiempo nos permite, estrés, precipitación, etc.

 

Termino con el cuento. “…el vencedor, por poca diferencia es… el leñador delgado. Toda la corte estalló en un aplauso ensordecedor. El leñador fornido felicitó con un abrazo sudoroso a su rival y le pregunto: “¿Cómo es posible que yo no me haya detenido ni un segundo, y tú, habiendo parado varias veces me hayas vencido?” A lo que el leñador delgado respondió tocando su bigote: “Porque he dedicado todo ese tiempo a afilar mi hacha”.

 

¿Cómo podemos afilar nuestras hachas? ¿Cómo podemos ser más productivos? ¿Cómo podemos robarle tiempo al tiempo? La respuesta es contraria aparentemente a la razón: parando periódicamente para afilar nuestra hacha. Y digo periódicamente, porque el secreto del éxito, cualquiera que sea tu concepto de éxito depende del poder de la continuidad, de la periodicidad, de la constancia en el proceso.

 

La razón fundamental por la que fallamos al planificar nuestras agendas, al organizar nuestro tiempo, es porque no hacemos una reflexión vital: “¿Para qué hacemos las cosas?” O, dicho de otro modo, fallamos por no habernos parado a pensar cuál es nuestra misión en la vida y por no detenernos cada día un ratito para organizarnos.

 

Prueba a reservar unos minutos para definir qué tronco vas a talar mañana, para decidir y priorizar una tarea por encima de todas las demás. Verás que el hecho de incorporar esta simple práctica a tu día a día, te acercará más a esa mejor versión de ti mismo, a ese yo que marcará la diferencia y empezará a remitir tu sensación de angustia con la falta de tiempo. Recuerda: dedica cinco minutos a planificar cuál será tu tronco diario – tu tarea clave – y comprométete a talarlo a lo largo del día. Cambiar no es tan complicado, solo tienes que ir despacio, descansando y afilando tu hacha.

 

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