“Los buenos y los imprescindibles”

Últimamente me salen, de manera inconsciente, innumerables referencias a la infancia. En la idea de que la vida es un ciclo que, según avanza se va aproximando a su inicio, creo que, con el paso del tiempo, vamos dejando en la cuneta todo lo superfluo en nuestro peregrinar por este valle de lágrimas. Vamos echando en la mochila lo verdaderamente importante, generalmente escaso y con ello nos volvemos a aproximar a los años de nuestra niñez o juventud; y son esas primeras experiencias vitales las que nos marcan de por vida, para bien o para mal y las que, con el paso del tiempo, tenemos más a flor de piel.

 

Recuerdo, como si fuera ayer, las veladas con amigos y con mi vieja guitarra en ristre, en que era capaz de recordar las interminables letras de canciones de Cat Stevens, Nacha Guevara, Supertramp o Silvio Rodríguez entre otros. En una de ellas, “Sueño con serpientes”, se recogía una frase lapidaria de Bertolt Brecht y que cito textualmente por si a alguno le impacta tanto como entonces lo hizo en mi: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos; pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”

 

Durante el año se rememoran un sinfín de acontecimientos de todo tipo, todos ellos simbólicos y destacables, pero son apenas aldabonazos que rápidamente pueden perder su impacto si no le aplicamos el pensamiento de Brecht. Por su cercanía y por estar absolutamente implicado en lo personal, quisiera aplicar esta reflexión al reciente “día de la mujer trabajadora” del pasado 8 de marzo. Reconozco que no soy muy dado a dejarme influir por las tendencias o los mensajes altisonantes que suelen provocar en mi un cierto rechazo o que, al menos, pongo en cuarentena. Sin embargo, estoy seguro de que, a una parte muy importante de la sociedad, le impactan estos momentos de especial euforia social que mueven voluntades y permiten aflorar realidades, a veces sangrantes.

 

La pena es que estos eventos loables suelen atraer a multitud de “sanguijuelas” oportunistas, se aliñan con un buen chorro de hipocresía y se acompañan con una clara ausencia de propósito de la enmienda. No crean que soy un absoluto pesimista, (mi amigo Javier Ruiz lo podría corroborar), sencillamente que, cuando un problema subyace tantísimo tiempo, realmente en toda la historia de la humanidad, es que no tiene una solución fácil ni única. De ahí que yo prefiera llevar esta batalla al entorno más personal, y analizar cómo nos comportamos con las mujeres que conviven a nuestro alrededor -y esto se lo planteo a todo el mundo, porque conozco tantas mujeres machistas como hombres, lo cual tiene aún más dolo-.

 

Cómo nos comportamos en nuestro hogar, en el trabajo, por la calle o en el bar, y en tantos y tantos entornos de nuestra vida diaria que nos ponen a prueba, -porque realmente, en la corta distancia es donde el desodorante nos abandona-. Dicho esto, no quita que se deban producir avances en otros ámbitos más visibles y mediáticos. Sin duda las leyes deben favorecer, incluso forzar, el que se equipare el papel de la mujer en el ámbito científico o cultural; lograr una mayor participación de la mujer en los niveles directivos en la empresa y en la política; y, por qué no, eliminar la inexplicable discriminación de la mujer en el ámbito religioso, -si Eva y Adán hubieran existido como personas físicas reales, el Génesis es una preciosa metáfora impresionista, creo que el de la manzana habría sido él-. En biología hay algo genéticamente incontestable: la naturaleza tiende a lo femenino; podríamos decir que, técnicamente, el “ser hembra”, está mucho más dotada en casi todo.

 

La diferenciación entre sexos, que solo tiene realmente un fin reproductor, ha sido retorcida por la propia especie humana en detrimento de las mujeres y, por qué no, de los propios hombres, a los que se nos ha hurtado alguna de las vivencias más enriquecedoras de nuestra vida. No creo en la lucha de clases, no creo en la lucha de géneros, no creo en ningún tipo de lucha violenta, pero sí que estoy dispuesto a luchar porque mi hija tenga las mismas oportunidades que he tenido yo en esta vida. Ese va a ser mi pequeño grano de arena.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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