LO QUE ESTÁ EN JUEGO EL 20D

El ambiente generado en torno a las próximas elecciones generales del 20-D por algunos medios de comunicación y sus consiguientes y conspicuos tertulianos generadores de opinión parecen dar a entender que la trascendencia de las mismas va más allá de las elecciones en sí. Las referencias a una segunda transición, a la ruptura del tradicional mapa electoral, a la reforma constitucional o a la llamada nueva política parecen querer dotar de una aureola especial a esta cita electoral.

En mi humilde opinión, sin embargo, lo que está en juego como siempre y, no por ello menos importante, es si se abren paso y triunfan los valores y las propuestas de la izquierda, capaz de restituir un modelo de cohesión social que garantice la igualdad, los derechos, que universalice los grandes servicios públicos y sitúe el trabajo como eje central de ese modelo o, por el contrario, triunfan de nuevo las recetas de la derecha con su corolario de aumento de la desigualdad, los recortes sociales, la privatización de los servicios públicos, y un paro estructural que presiona a la baja los salarios y las condiciones laborales convirtiendo el mercado laboral en una jungla.

Mientras parte de la opinión publicada da la importancia a estos comicios al valor de lo nuevo, de lo emergente, del cambio generacional de sus líderes, o si se acaba o no con el bipartidismo, entre bambalinas se fraguan operaciones que pretenden transmutar a la vieja derecha en nueva derecha emergente travestida de juventud y modernidad. Entre tanto, ha desaparecido de la campaña la exigencia de la rendición de cuentas del gobierno, un gobierno del PP presidido por Rajoy que ha acaparado todo el poder, que ha disfrutado de una amplia mayoría absoluta y que ha hecho bandera de un método de gobierno autoritario, carente de diálogo, y que ha usado como pretexto la crisis para imponer sus recetas en el ámbito económico y social.

Una campaña electoral debe servir para evaluar la labor del gobierno y este debe dar cuenta a los ciudadanos de sus decisiones. Rajoy no puede sacar pecho en lo que se refiere a la situación de la economía real, la que afecta a las personas. En cuatro años no se ha conseguido bajar el paro de los cinco millones, de los cuales más de la mitad son parados de larga duración y carecen de protección social; su reforma laboral ha producido la mayor devaluación salarial y la mayor desregulación del mercado laboral conocida hasta ahora, con un aumento exponencial de la desigualdad; la hucha de las pensiones ha disminuido considerablemente y requiere que se aborden de inmediato nuevos mecanismos de financiación del sistema; más de la mitad de los jóvenes o están parados o sufren la precariedad, cuando no han tenido que iniciar el camino de la emigración de un país sin oportunidades; y junto a ello el crecimiento continuado de la pobreza que ya afecta a casi un tercio de la población.

Este es el país real de las personas y no solo de la macroeconomía. El relato de la acción del gobierno sería incompleto sin mencionar la corrupción; una corrupción instalada a lo largo y ancho de su geografía política, una corrupción estructural auspiciada cuando no organizada por el partido en el gobierno y donde su máximo responsable no ha asumido ninguna responsabilidad política. Ya se sabe que hay quien opina que se trata del agotamiento del bipartidismo, del “régimen del 78” y de las “viejas formas de hacer política”; pero habrá que considerar que solo con multipartidismo y supuestas nuevas formas de hacer política ni van a crecer los salarios ni se va crear empleo, ni va a desaparecer la pobreza y la desigualdad, ni por supuesto la corrupción.

En definitiva, hay que volver a recordar aquello de que: “es la economía, estúpido” y, desde luego, la ideología y la decencia. La bajada que se anuncia del PP, sin embargo, puede no equivaler a una derrota de la derecha. Tras la reunificación que en su día culminó Aznar, un cuarto de siglo después, el espacio de la derecha se va a fragmentar en dos grandes opciones. Su efecto electoral de vasos comunicantes indica que pueden entre ambas aspirar a la mayoría, sobre todo, porque la izquierda está más fragmentada y desconcertada que nunca. El 20-D los progresistas deberíamos tomar nota de ello y votar en consecuencia.

    

Juan Jose Gonzalez

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