LÍNEAS ROJAS

En la historia de la ciencia económica, el pensamiento clásico utilizaba un concepto impresionista que siempre me ha llamado la atención: “la caja negra”. Con ello se explicaba cómo el comportamiento egoísta de todos y cada uno de los ciudadanos, buscando su propio beneficio, llevaba a alcanzar altas cotas de bienestar social, mediante un mecanismo desconocido y oscuro. Era como si los intereses particulares se metieran en una batidora y de ese “agujero negro” saliera una sociedad mejor y más próspera.

 

Adam Smith, en “La Riqueza de las Naciones”, ponía así las bases de la economía capitalista que aún hoy subyacen y que, con la visceral oposición del pensamiento comunista, tras “El Capital” de Marx, ha venido definiendo los vaivenes de la política y la economía en los últimos dos siglos y medio. A pesar de que vivimos en una sociedad cada vez más deshumanizada y materialista, en la que todo lo que queda fuera de la “república de nuestra casa” nos importa poco, salvo que nos afecte directamente, se producen, de vez en cuando, erupciones inesperadas en esta sociedad apática que hemos creado.

 

 

No es fácil prever cuándo llegará la gota que colme el vaso de las insatisfacciones o cuando se dará un paso que traspase esa tenue línea roja, que dispare nuestra adrenalina y que, como al personaje de Lamberto en el cortometraje de Disney, le transforme de un medroso cordero en un fiero león. La naturaleza y por ende los seres humanos estamos preparados para aguantar un cierto nivel de agresiones o situaciones adversas, sin apenas dar la sensación de dolor; nos pueden engañar muchas veces pero no siempre. De pronto, en un momento dado, no muy diferente de los momentos anteriores, todo se desencadena y las furias contenidas se liberan, no dejando títere con cabeza.

 

Ese tsunami social puede que apenas dure un breve espacio de tiempo pero, en su brusco desenlace, arrasa todo lo que pilla a su paso y pone de manifiesto lo frágil y efímero de las obras humanas. Es justamente en esa calma chicha en que vivimos nuestro día a día donde medran los “aprovechados de este mundo”: el listillo en la carretera, el que se cuela en la fila, el que abusa de las ayudas sociales, el que se mete el dinero ajeno en la saca, el politiquillo corrupto o el defraudador de los bienes públicos. Pero siempre hay una línea roja y siempre hay un momento en que se sobrepasa y entonces, la reacción en cadena es imparable. Y esa última gota que desborda el recipiente se puede preguntar asombrada, “¿pero habré sido yo la culpable?, al fin y al cabo solo soy una gota más, igual que todas las anteriores”; y en ello tiene razón, todas en su conjunto y ninguna en especial, fueron las culpables del desaguisado. Ya hemos comentado en alguna otra ocasión, que la fuerza del ser humano radica en la solidez de la sociedad de la que formamos parte. Todos podemos surcar un mar embravecido o todos nos hundimos al irse a pique el barco en el que viajamos. Somos capaces de lo mejor o de lo peor y nos vamos al infierno por comisión o por omisión, aunque de esto último nunca nos confesemos, – y de lo primero ya tampoco-.

 

Las líneas rojas que tanto nos preocupan: la corrupción generalizada, la violencia de género y todo género de violencia, la discriminación social y la insolidaridad, la guerra y el terror, no solo las sobrepasan los convictos por delitos cometidos, sino todos los demás que hacemos la vista gorda ante el sufrimiento ajeno y que, en el fondo, envidiamos un poco a los listillos que se han aprovechado de la sociedad, sin darnos cuenta de que la sociedad somos nosotros. Podría seguir metiendo el dedo en el ojo, pero aún resuenan los ecos de las recientes felicitaciones navideñas y no voy a ser yo el que agüe la fiesta.

 

Por ello y como enésimo propósito para el Nuevo Año, en sustitución al de dejar de fumar, porque no fumo, está el de intentar hacer bien lo que tengo que hacer, sin esperar que nadie lo haga por mí, ¡ah! y aderezado todo con el firme propósito de disfrutar más de la vida y, si es posible, con las personas a las que quiero y luego claro, todo eso de mucho amor y salud y bla, bla, bla. ¡Feliz año nuevo a todos, amigos! .

 

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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