Las tres en raya

Es curioso lo precisa que tenemos los seres humanos la memoria antigua en relación a los hechos inmediatamente acaecidos. Es cierto que este hecho tiene una clara justificación médica y fisiológica, pero no deja de sorprenderme que recordemos hasta el segundo apellido de nuestros compañeros de colegio y que, sin embargo, resbalen por las meninges que recubren el cerebro lo que hemos hecho hace unos días. La niñez es una etapa que nos marca y los juegos y los compañeros de la infancia están grabados a fuego.

 

Nos divertíamos con las cosas más banales y ello nos producía una felicidad casi irracional, sobre todo si lo comparamos con todo lo que hoy nos rodea y lo poco que generalmente nos satisface. Entre los juegos que recuerdo de la niñez estaba uno tremendamente simple, que solo necesitaba dibujar en una hoja de papel un cuadrado y sus diagonales y poner unas piedrecitas, tres en concreto, hasta intentar alinearlas sin que el contrincante nos lo impidiese con alguna de las suyas.

 

Seguro que se acuerdan del juego de las tres en raya, quién no ha jugado con el ansia de ganar al contrario y pillarle en un renuncio. Pero lo cierto es que todos llegamos a la misma conclusión que nos hizo abandonar ese juego: salvo flagrante error, era imposible ganar. La partida se podía eternizar y no había forma de que nadie pudiera alinear esas dichosas tres piedrecitas. En cualquier otro juego generalmente hay un ganador, pero en las tres en raya, lo normal era no llegar a ninguna parte y dejar de jugar, por aburrimiento.

 

Pero lo cierto es que, con el paso de los años, me he percatado que ese desilusionante jueguecillo, refleja bastante bien la vida misma, y resume, con gran precisión, muchos de los acontecimientos diarios que nos rodean. Todos luchamos por imponer nuestras opiniones, intentando acorralar al contrario, pero pese al esfuerzo, el coste, propio o ajeno, y el sufrimiento de tan larga lucha, generalmente acabamos por convenir que no podemos ganar y que quizás podríamos habernos ahorrado todo el tiempo y esfuerzo empleado; solo hubiera sido necesario dialogar un poco más y tener un poco menos de soberbia.

 

Una huelga profesional, un conflicto social o una guerra comercial, acaban siempre en una solución negociada, pero que se han llevado por delante: tiempo, esfuerzo y recursos de los propios afectados y la sociedad en su conjunto. Las crisis económicas, políticas y sociales, acaban por arrinconarnos y nos llevan inexorablemente, tarde o temprano, a un acuerdo pactado, que, aunque nos parezca malo, siempre es mejor que una solución impuesta. Y qué decir de los conflictos bélicos, que solo tienen como resultado sufrimiento y ruina y en los que, no solo no gana nadie, sino que pierden todos, -este sería el caso extremos de las tres en raya, en las que el juego se transforma en un verdadero Juego de Guerra, -se acuerdan de la conocida película juvenil de los años 80, “Wargames”-.

 

Me da la sensación de que muchos dirigentes políticos y económicos no han jugado mucho a las tres en raya; se creen muy listos, desde luego más que los demás, pero hasta un niño les podría poner en evidencia y, como en el cuento de Andersen, les gritaría que “van desnudos por la vida” y se quedaría tan ancho. Qué lujo y qué peligro al mismo tiempo, tener a un mocoso por asesor político, te dice la verdad y le importa un bledo las consecuencias.

 

Un conocido director de campaña norteamericano me comentó, hace años, que él recomendaba a los candidatos que asesoraba, el colocar un gran espejo en sus despachos y que el candidato a futurible le hablase al espejo espejito, porque éste siempre le devolvería la imagen real que percibe el ciudadano,-que pena que no se me ocurriera recomendarle que incluyese el juego de las tres en raya en sus recomendaciones-. No obstante, tenemos el panorama tan liado que, viendo lo que se nos avecina, no estaría mal que algunos se pusieran a jugar a las tres en raya y nos ahorrasen tanto sinsabor y frustración.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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