Las cosas de palacio van despacio

Ahora nos entran las prisas. Cuando ya estamos con el agua al cuello y el fango ha entrado en nuestras calles, cuando pasamos del agobio de la sequía al sobresalto de las lluvias torrenciales, cuando el olor del bosque quemado nos entra por la ventana… nos damos cuenta de que lo del calentamiento del planeta no era ciencia ficción ni cosa del futuro lejano.

 

Un verano prolijo en fenómenos meteorológicos extremos y la revuelta juvenil en defensa del Clima han dado un impulso necesario a la iniciativa política. El Gobierno de Castilla-La Mancha se ha sumado a esta ola y ha declarado la Emergencia Climática. ¿Y ahora qué?

 

Estamos en emergencia, o sea, en la necesidad apremiante, urgente, acuciante de hacer algo para reaccionar. Y las iniciativas políticas que se preparan para hacer frente al Cambio Climático -para mitigarlo, frenarlo y también para adaptarse a las consecuencias irreversibles ya generadas- necesitan justo lo que no tenemos: tiempo. Sabemos que es un problema global, pero que se ha de actuar localmente.

 

El Ejecutivo castellano-manchego prepara varias leyes, como la de la Economía Circular y la del Cambio Climático, que regularán cómo empresas y ciudadanos debemos hacer las cosas a partir de ahora, para generar menos residuos (en realidad, la economía circular pretende el residuo cero), para emitir menos gases de efecto invernadero, para, en definitiva, cambiar el modelo consumista y desarrollista en el que nos hemos acomodado a costa de esquilmar los recursos naturales.

 

Cambiar hábitos, reducir beneficios económicos a corto y medio plazo, consumir menos y con más cabeza, renunciar a comodidades… Muy serios tendremos que ponernos. Esta vez es susto o muerte.

Cambiar hábitos, reducir a corto plazo beneficios económicos, renunciar a comodidades (todavía son muchos los que se oponen con contundencia a la peatonalización de los centros de las ciudades, por poner un sólo ejemplo)… Y aligerando. Muy serios nos tendremos que poner todos para que todas estas iniciativas sean realidades. A nivel internacional, se ha consensuado poner un ambicioso límite de emisiones contaminantes y residuos en el año 2030. Nos espera una década de profundas transformaciones.

 

Esperemos que, aunque sólo sea porque le hemos visto las temibles orejas al lobo, no se adopte este compromiso con tibieza, ni desde las administraciones públicas ni desde la sociedad. Que no pase lo que con la directiva europea del Agua del año 2000, que obligaba a todos los países de la UE a garantizar en 2015 la calidad de las aguas de sus ríos y acuíferos; y ahí tenemos el Tajo, por no irnos más lejos.

 

O que no pase como con la obligatoriedad de depurar todas las aguas residuales, normativa europea que había que cumplir en el año 2000. Y en ello estamos aún. Esta vez tendremos que echar mano del viejo proverbio “a grandes males, grandes remedios”.

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Prado López Galán

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