Las batallas de Ferraz

Crónicas desde el frente

Creo que me hice periodista por un viejo libro de crónicas que recogía los textos de los escritores noventayochistas (Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Azorín, Unamuno…) sobre los horrores de la Gran Guerra. ¡Bueno! por eso y porque por la patilla podías beber vinos sólo aptos para banqueros; vetados, por lo tanto, a la sedienta plebe. Decidí ser “corresponsal de guerra”, pero en vez de llevar petate caqui, chaleco-Press, casco con redecilla, una Leica y ser nómada en Barajas, me incliné por las contiendas políticas, que si bien no utilizan carga balística (por ahora), sí contemplan el garrotazo goyesco, el fuego amigo y, cómo no, la trinchera que toda conflagración política que se precie como tal jamás debe eludir.

 

Y ahí ando, bebiendo vinos fantásticos, que no precisan ya del aval del Ibex 35 porque se han democratizado, y atrincherado en el Verdún manchego para evitar daños colaterales. Que haberlos haylos, y siempre nos toca a los plumillas pagar el pato, el vino y la tarta al whisky cuando las hondonadas de hostias empiezan a precipitarse por las chorreras de los clanes enfrentados, que al final de las hostilidades reconcilian sus egos buscando al periodista de turno al que colocar el puto muerto.

 

A lo que voy. He estado en el frente socialista en muchas ocasiones, como cuando “guerristas” y “felipistas”, en un ataque de cuernos alterno, hicieron trizas la foto de la tortilla sevillana y dividieron al partido, con traiciones incluidas no ajenas al Palacio de Fuensalida. Alfonso Guerra dejó la vicepresidencia del Gobierno en 1991 y la sangre no llegó al Guadalquivir. Siete años después, el cainismo socialista, que todo militante adquiere de serie cuando se incorpora a las filas de Ferraz, afloró en las primarias de 1998. Josep Borrell le sacó diez puntos a Joaquín Almunia en unas elecciones donde el exministro de Obras Públicas ganó al candidato del aparato, apoyado, una vez más, por el “jarrón chino”, más bien gafe, Felipe González. El catalán dimitió (o le empujaron) y la rosa tampoco se descapulló en esta ocasión, aferrándose al puño del logo diseñado por el conquense Cruz Novillo. Ni siquiera el tsunami acaecido en el frente de 2000, donde estuve de “corresponsal de guerra” con mis queridas compañeras Isabel Salvador y Magdalena Aguilar, pudo con la fortaleza del único partido de España que ha sobrevivido a todas las guerras políticas posibles, incluso a una Guerra Civil.

 

Y eso que en aquel julio del año 2000 el establishment de Ferraz volvió a perder frente a las renovadas generaciones que irrumpieron en el XXXV congreso. Los “guerristas” sustrajeron apoyos a su propia candidata, Matilde Fernández, para desviarlos a la candidatura encabezada por José Luis Rodríguez Zapatero, que al final se impuso a José Bono por la alucinante (como inesperada) diferencia de 9 votos. El manchego, persona non grata en las líneas “guerristas”, vadeó una vez más el Tajo y se retiró a los palacios de invierno de la Plaza del Conde; volvió a fumar, rumió la humillante derrota, a la que contribuyó El País, mientras Chunda le lamía las heridas a pie de la chimenea que vio llorar a Carlos V la muerte de Isabel de Portugal, para tres años después convertirse en el presidente autonómico más votado de España al sacar a su rival del PP, el “candidato torero” Adolfo Suárez Jr, veinte puntos de diferencia.

 

Un tanto de lo mismo pasó entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carmen Chacón en 2012. El primero se convirtió en secretario general por solo 22 votos. A partir de aquí comenzó el anunciado declive electoral del PSOE, potenciado con la llegada de Pedro Sánchez, que se impuso a Eduardo Madina en 2014, pero esa vez con una diferencia de 12 puntos. Resultado muy parecido al registrado hace unos días en las primarias para la secretaría general, con una clara victoria de Sánchez sobre Susana Díaz, apoyada y arropada por la casi totalidad de los barones territoriales del PSOE.

 

Todo parece indicar que ya ha amanecido y que la noche de los cuchillos albaceteños, forjados con acero toledano, se pospone sine die. Y es que a estos pimpollos les va la marcha. ¡Ya te digo! Ferraz ha sido siempre un campo de batalla con pasionales e históricos enfrentamientos, como el protagonizado por Indalecio Prieto y Largo Caballero en los albores de la Guerra Civil, o los pulsos setenteros en Suresnes entre “Isidoro” (Felipe González) y Rodolfo Llopis. En fin, como diría Obélix: “estos socialistas están locos”. Y así desde hace 138 años.