La ilusión del 28-A

Hasta el año 82 siempre acompañaba a mi madre a votar desde que en 1977 se pusieron las primeras urnas democráticas. Ella llegaba al colegio electoral eufórica, con la papeleta del PCE en la mano para recordar a los falangistas, que estaban en la mesa del colegio electoral del barrio de Los Tiradores de Cuenca, que votaba a los comunistas. Metía el voto en el sobre delante de todos, como esa niña que luce zapatos nuevos que ella nunca tuvo en su infancia porque la pobreza le impedía ir calzada.

 

Mi madre nació en el Parque de San Julián conquense en 1914, fue anarquista, más tarde comunista y al final de sus días se hizo socialista porque siempre amó la libertad y la república. Tuvo diez hijos y algunos heredamos sus legados políticos y los de mi padre, un activista que dio con sus huesos en campos de concentración y al que durante su ajetreada vida se le negó el pan y la sal. Murió desangrado en el hospital de La Paz recordando a sus hermanos fusilados por el genocida Franco después de la Guerra Civil.

 

“He recuperado la ilusión del 28 de octubrre de 1982, y me siento bien porque creo que mi voto (a medias con mi padre) en esta ocasión es de trascendental importancia para frenar lo que se nos avecina”

 

El 28 de octubre de 1982 no fui con ella a votar porque le dije que votaría a Felipe González y no a Santiago Carrillo. Aquella mañana mi madre me miró, me cogió de la mano y sonriéndome me dijo: “Espero que no te confundas, pero no olvides que Felipe no es de izquierdas”. Fui uno de los diez millones de españoles que voté “por el cambio” e ilusionado porque se avecinaba una nueva época progresista, republicana y de libertad de expresión, de acción, movimiento y pensamiento: ¡LIBERTAD!

 

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Carlos Iserte

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