La humildad… y Roma

Cuando comienzo mis clases en la Universidad me gusta hablar a mis alumnos de la importancia de la humildad. Para eso empleo el conocido dictum de Sócrates, el ‘solo sé que no sé nada’. Aunque una persona sepa muchas cosas, siempre es mucho más lo que le falta por saber. Por eso es importante que no se pierdan las ganas de aprender, que siempre nos hacen sentirnos jóvenes. El cociente intelectual va en el lote de nuestra equipación corporal, no hemos hecho nada por tenerlo, pero sí que depende de nosotros alimentarlo y cómo emplearlo.

 

Yo sí que creo que es mejor ser buena persona que ser inteligente. Y en ese ser buena persona un ingrediente básico, como el arroz en la paella, es la humildad. Conozco personas chulas, engreídas, prepotentes, dictadorzuelos que parece que hablan ex cátedra o bajo la inspiración por el Espíritu Santo. Normalmente carecen de sentido de autocrítica y suelen estar guiados por verdades robustas que proceden de un grupo social, de la religión o de la política (incluso hacen de un partido una religión con su Dios y su propia iglesia aunque se proclamen ateos).

 

Los errores no nos deprimen ni nos causan ansiedad si somos conscientes de nuestra debilidad, de la importancia de no tomarnos muy en serio y de reirnos de nosotros mismos. Por eso viene bien hacer el ridículo de vez en cuando

 

Yo no digo que sea importante la verdad, claro que sí, pero sobre todo de puertas para dentro. De puertas para fuera se debe tener en cuenta el pensamiento de los demás (que nos ayuda a advertir nuestros propios errores, como la parábola en la que muchos ciegos tocan una parte de un animal y solo cuando ponen en común sus sensaciones pueden advertir, como si se tratase de piezas de un puzzle, que han palpado un elefante) y cómo expresar nuestras ideas a los demás, sin ofender, sin descalificar las de los demás.

 

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Santiago Sastre

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