La despojada

Uno de los cuadros principales del Greco es el Expolio (el despojamiento de las vestiduras de Cristo antes de su crucifixión). Pues bien, hay una triste historia de Toledo que no se ha escrito aún y sobre la que no se escribirá tal vez: el expolio al que ha sido sometida la ciudad con el paso del tiempo. Expolio en el sentido de saqueo, de desvalijamiento, que podría permitirnos hablar de un Toledo en fuga, que se nos ha marchado de las manos pieza a pieza.

 

En efecto, aquí han sido objeto de rapiña muchas cosas: tapices, artesonados, azulejos, escudos, vigas, piedras prehistóricas y de orfebrería, copones, cuadros, relicarios, y un largo etcétera. Esto no es una novedad, sino que es algo sabido. Hace poco vi cómo se vendían las tapas de bocas de riego de nuestra ciudad, con el escudo de Toledo, por cincuenta euros, y esto es sólo una pequeña punta del iceberg.

 

 

Entre los que han mangado habrá de todo. El hombre es a veces un depredador que se deja llevar por la codicia y por otras inclinaciones mundanas. Desde luego que los anticuarios y los coleccionistas de arte saben mucho de esto. Toledo contaba con un patrimonio riquísimo que gota a gota se ha ido evaporando a través de subastas, compras bajo cuerda o en páginas de internet. A veces no podemos aludir a la idea fuerte del robo, sino a algo más suave: una sigilosa desaparición.

 

Pienso, por ejemplo, en la excelente colección de obras de arte que tenía la antigua Caja de Castilla-La Mancha. De esta colección (que incluye cuadros de enorme valor y de artistas de primera fila) no sabemos nada y sería deseable que volviera a Toledo, el lugar de donde nunca debió salir, para que pudiera ser disfrutada por todos. Es un ejemplo de extraña desaparición, producido a raíz de otro doloroso saqueo, el de la antigua Caja, que algunos manejaron como si fuera su cortijo.

 

En este extraño arte de las desapariciones me parece que quien las ha padecido con especial virulencia ha sido la Iglesia, sobre todo las parroquias, conventos y monasterios. ¿Por qué? No sólo por los diferentes avatares políticos que han sufrido, sino porque no siempre han tenido adecuadamente inventariados sus bienes, y ya se sabe que cuando uno no conoce lo que tiene, entonces no echa de menos nada. Por eso es muy importante la labor de catalogación, de ese definir las pertenencias para tratar de conservarlo y que no se pierda o se extravíe.

 

Es a partir del siglo XVII, una vez que Felipe II decide trasladar la Corte a Madrid, cuando el arzobispado toledano adquiere muchos palacios que pertenecieron a los nobles y se asientan en la ciudad bastantes órdenes religiosas, de modo que Toledo se convirtió en una especie de ciudad conventual. Cuenta J. Townsend que en Toledo, en 1786, había 26 parroquias y ¡38 conventos! Ahora todo es diferente y el despoblamiento del casco afecta también a la vida conventual, sobre todo por la acuciante falta de vocaciones.

 

¿Por qué digo todo esto? Porque somos muchos los toledanos que estamos preocupados por la situación de algunos conventos, como es el caso de santa Clara y de santa Úrsula, que han sido abandonados. Edificios impresionantes, que quedan vacíos (como pasa con la Casa de Mesa después de que la Real Academia toledana se marchase de allí al acabar el contrato de alquiler de renta antigua).

 

Y lo que es peor: edificios con un enorme patrimonio que sería deseable que fuera catalogado y permaneciera en Toledo. Hace poco el profesor Juan Nicolau, uno de nuestros mejores investigadores del arte conventual toledano, con toda la razón del mundo llamaba la atención sobre este punto en la prensa. Posiblemente esos edificios se vendan, claro, pero sería aconsejable que se vigilara la permanencia de sus obras de arte, no sea que se abra la veda para el rebusco o la dispersión al mejor postor.

 

En 1924 la editorial Espasa-Calpe publicó una novela de Félix Urabayen titulada “Toledo la despojada”, la segunda obra que este escritor navarro-toledano dedica a Toledo. El título ya es toda una declaración de principios, pues aborda el tema que trato en este artículo. De todos depende valorar el patrimonio toledano, conservarlo y protegerlo para el disfrute de generaciones venideras. Basta pensar en la portada de la iglesia del convento de san Clemente, de la que arrancaron un trozo de columna, para advertir que el saqueo puede llegar a ser a lo bestia, a saco paco.

 

Por cierto, no entiendo por qué no se ha repuesto todavía ese trocito de columna, pues su hueco tiene un efecto dramático y desmoralizador en todo aquel que lo ve. Desde aquí hago un llamamiento para que se arregle cuanto antes. Lo importante es saber apreciar y custodiar un patrimonio que no está para enriquecer a unos pocos, sino para engrandecer la historia de Toledo y para orgullo de los toledanos. Es tarea de todos, pero sobre todo de quienes tienen responsabilidades políticas.

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Santiago Sastre
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