La cuarta dimensión

Spilberg nos presentó su visión del encuentro de dos mundos en tercera fase, donde otros seres nos visitaban y se esforzaban en comunicarse con unos terrícolas, años luz más atrasados. Posteriormente la tecnología se metió en nuestras casas ofreciéndonos la primicia del 3D, recreando un mundo en tres dimensiones, pese a que nuestro cerebro llevaba años “interpolando” las imágenes planas en otras tridimensionales, como si se tratase de un sofisticado algoritmo 2D-3D al uso. Pero los que hemos tenido que lidiar con la física, en nuestra etapa académica, sabemos que hay otra variable, un poco intangible porque no es fácil de representar, pero que es esencial en nuestra vida y que nos atrapa inexorablemente: el tiempo.

 

Es esa cuarta dimensión que controla nuestra vida, que transforma lo estático en dinámico y que se permite medir cualidades muy variadas, con enorme precisión. El tiempo y por tanto la oportunidad de una medida económica, social o política, define la linde entre el éxito o el fracaso. El don de la oportunidad es toda una virtud y la elección del momento para actuar o esperar acompaña siempre, queramos o no, a cualquier decisión que tomemos.

 

La sensación que tenemos de que vivimos en un mundo en que todo está mucho más cercano, no se debe tanto a que las distancias se hayan reducido entre las personas, entre las empresas que hacen negocios en cualquier parte, etc. sino más bien, en que tardamos cada vez menos tiempo en hacerlo todo. Se nos exige rapidez, incluso inmediatez. La carta que viajaba se ha transformado en un mensaje instantáneo, del que podemos controlar cuando sale, cuando llega y cuando es leído.

 

Y exigimos que la respuesta sea también instantánea. Parte de la globalización se debe al acortamiento de los tiempos y a la percepción real de que todas las medidas se perciben en el momento o, incluso, se anticipan sus resultados. El capital se mueve a ritmo de tecla de ordenador, los bienes y servicios recorren el mundo desde los centros de producción al cliente final con enorme agilidad y las fronteras parecen cosa del siglo o del milenio pasado.

 

Los diferentes husos horarios saltan hechos trizas y el mundo se ha transformado en una gran ciudad que nunca duerme, como nos seguirá cantando siempre el genial Sinatra en New York New York. Si nuestros abuelos se asombraban de que la imagen televisiva “volase” por el aire hasta colarse en nuestras casas, qué pensarían del trasiego de información que sale de nuestros móviles constantemente. Vivimos en un mundo que sigue una formulación matemática en que t→0, y eso provoca que no tengamos tiempo para nada, todo se hace corriendo. Si alguien se cae en la calle a nuestro lado, lo miramos, esperando que alguien lo atienda, pero nosotros no podemos porque seguro que llegaríamos tarde a alguna parte.

 

Pero el tiempo también es una medida de la importancia que le damos a los actos de nuestra vida diaria, a nuestras relaciones personales y profesionales. No tenemos tiempo para ciertas cosas, pero puede que perdamos, el poco que tenemos, en temas, a veces absurdos e intrascendentes. Y además, tempus fugit: el pasado ya no existe, el futuro aún no existe y el presente acaba de dejar de existir. Quizás lo que dejemos de hacer en este momento, ya no lo podamos hacer nunca. Bécquer vivía atormentado por las ideas que bullían en su cerebro y que nunca podrían plasmarse en sus escritos, el tiempo no les daría esa oportunidad. Veinticuatro horas en un día, para todos, sin distinción de sexo, cargo o religión, todos por igual; muy democrático por un lado, pero tiránico y dictador al mismo tiempo. Pero el reloj sólo mide el tiempo, no lo crea ni lo controla.

 

Puede que los denarios nos vengan dados, muchos o pocos, pero sólo importará lo que hagamos con ellos y esa decisión depende de nosotros. Y un día, al levantarnos por la mañana, metemos la mano en el bolsillo para sacar un nuevo día del monedero y nos encontramos que ya no hay más.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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