Juventud, divino tesoro

A quién no se le ha olvidado algún adorno navideño en casa que, a modo de indulto, nos acompañará todo el año hasta la próxima Nochebuena. Y para qué quitarlo si, en menos que canta un gallo, pasará el verano y de nuevo tendremos con nosotros una Navidad más: “tempus fugit”, pero, además, a toda leche. Nos miramos al espejo recién levantados, con los ojos más cerrados que otra cosa y parece que nos conservamos igual que siempre.

 

Pero, lo cierto es que cuando nos ponemos las gafas para ver la pinta con la que nos vamos al trabajo, descubrimos, con estupor, que hay nuevas arrugas, manchas, más canas y menos pelo y un sinfín de pruebas de que el tiempo no pasa en balde. Nuestros hijos crecen y nuestros padres empiezan a faltarnos y parece como si al vehículo de nuestra existencia, nuestro cuerpo, le empezara a faltar combustible y le detectaran todo tipo de averías al pasar la ITV.

 

 

Sin embargo, con tan solo cerrar los ojos, volvemos a recobrar imágenes de la niñez, de la juventud y parece como si el pasado y el presente se fusionaran en un solo instante. Así como lo tangible nace, se desarrolla y muere, el espíritu, nuestro espíritu, es intemporal. Yo siento los mismos deseos de darle una patada al balón con el exterior para que coja efecto que cuando era niño; me sigue saliendo aún la “redondilla” cuando cojo la chapa de una cerveza, -nuestros hijos ya no sabrían ni de qué estoy hablando-, etcétera, etcétera. Los hilos del alma siguen intentando mover la marioneta de nuestro cuerpo, tengamos la edad que tengamos y solo los convencionalismos y el falso pudor nos pueden hurtar esos momentos de felicidad que tuvimos cuando todo nos importaba un poco menos.

 

Hay viejos con el alma joven y viceversa; no siempre van ambos acompasados y casi nunca tiene que ver con el éxito social o económico que creemos haber alcanzado. Nuestra sociedad nos marca determinados hitos que hay que lograr si queremos sentirnos realizados: todos por el mismo sendero y todos a la misma velocidad; la cuneta para los fracasados.

 

Pero tampoco ir contracorriente te granjea la felicidad, de hecho, en pocos casos lo hace. Cuando llegamos a este punto y cuando nos toca bailar con este absurdo, quizás tan solo nos queda el dejarse llevar. La vida es como un baile, casi siempre improvisado y en el que vamos a bailar con una pareja muchas veces inesperada, o que ni siquiera sabe bailar, -de hecho, ni siquiera nosotros quizás sepamos bailar-.

 

Ante ello apliquemos algunos consejos básicos: empezar suave, lento, mirar a los ojos a la pareja y a la vida; mantener la mirada y sonreír. Si lo logramos podemos pasar a la fase dos: acercarse con suavidad y firmeza, -no se baila con bluetooth-, si el corazón se acelera demasiado: un giro, posición abierta y que corra el aire, y cuando el motor se frena, otro giro, posición cerrada y onda. Pero no se crean que esto es patrimonio de la juventud, de hecho, nuestros padres bailaban todos mucho mejor que nosotros.

 

Cierto que un cuerpo joven, elástico y grácil tiene sus ventajas, pero yo he visto bailar a personas “entraditas en carnes” y que ya no cumplían los sesenta, que se movían con un duende y una sensualidad que desde luego no se enseñan en una academia. De hecho, la vida, como el baile, no se enseñan en una escuela, a lo mejor sí los primeros pasos, sin duda importantes, pero luego hay que olvidarse de contar y seguir la música, a veces a favor del viento y otras con una ceñida, al borde de zozobrar: por cierto, bonito término marinero que me inspira siempre el bailar en pareja, aunque, como en las sevillanas, una pasada, ceñida al límite, ni siquiera roce la cintura de tu pareja.

 

La humanidad ha perseguido siempre el elixir de la eterna juventud. La sanidad moderna nos permite cada vez vivir más, quizás más solos, por lo que no sé si eso es vivir mejor. La medicina para el alma no se disuelve en agua y no se administra en píldoras. El tesoro de la juventud radica sobre todo en un espíritu joven, capaz de seguir tirando de los hilos de nuestro viejo cuerpo, porque cuando se baila hay que mirar a los ojos, no a los pies y disfrutar, que la vida son dos días. . .

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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