Jugador de chica… perdedor de mus

Mi padre, buen jugador de mus, siempre me hacía ese comentario, aunque nunca logró que este tradicional juego de cartas me llegase a gustar en exceso. Pero el consejo es mucho más trascendente, porque creo que es válido para nuestra vida cotidiana, y más aún cuando se nos presentan eventos más trascendentes.

     Cuando la vida te lanza un reto hay quien se amilana, mete la cabeza en el agujero como el avestruz y espera que amaine el temporal. De hecho, nuestra civilización cristiana castiga más al pecado cometido, que no al de omisión. Ello no es sino una patente de corso para el cobarde, porque al atrevido, si se equivoca, le caerá todo el peso de la ley.

Todos los coches andan hacia adelante y hacia atrás, en lo básico todos son muy parecidos y, en circunstancias normales, todos se comportan bien. Las diferencias aparecen cuando se les exige más, cuando la carretera es virada y empinada y las circunstancias climatológicas adversas, entonces salen a relucir sus virtudes y sus defectos.

Nuestra vidas son, generalmente, anodinas, la rutina impone su ley y el hoy es bastante parecido al ayer y al mañana. Pero, de pronto, cuando algo pasa de manera inesperada, se dispara la adrenalina, los sentidos se ponen en alerta y  todos los músculos se tensan. Más aún, en ese momento crítico, hay corazones que se encogen, que se acobardan y que se escudan en loables justificaciones y otros que se agrandan, aunque estén en un cuerpo pequeño.

Los corazones valientes siempre salen a relucir en los momentos graves, afrontando riesgos y no esperando especial recompensa.

Siempre he pensado que, los grupos sociales son, lo que son las personas que lo forman, pero destacando las cualidades y la categoría de sus líderes. Hay líderes confortables, que sólo juegan bien “en casa” como los equipos mediocres, que se guían por las encuestas y que van a rebufo de las circunstancias. Líderes pequeños, que hacen pequeñas a sus organizaciones y que pasan desapercibidos: nunca pecan porque nunca hacen nada. Vivimos momentos para corazones grandes y generosos que guíen a nuestra sociedad en unos momentos de incertidumbre y crisis de valores e identidad. Pero no es fácil salir de esa zona de confort que tanto manejamos en economía, en que hay un menor riesgo a equivocarse, porque controlamos la situación.

De hecho nuestra sociedad opulenta tiende a la tibieza y nos hace rutinarios. Nos movemos con la cabeza gacha por la calle, o metida literalmente en la pantalla del móvil –es un milagro que no nos vayamos dando golpes con cualquier farola o chocando con el que viene de frente-, y ni nos percatamos que alguien a nuestro alrededor puede solicitar nuestra ayuda, o mejor así, porque ojos que no ven corazón que no siente.

Pero la rutina se quiebra con facilidad y en el momento más inesperado. Vivimos unos tiempos de descarga de adrenalina pero, curiosamente, no siempre nos pone en tensión, sino que, a veces, nos bloquea la mente como cuando, en mitad de las vías del tren, nos quedáramos mirando a las luces que se nos echan encima, prólogo de una muerte inminente, paralizados por el terror. Y lo que es peor, nos puede hacer dar pasos hacia atrás, no destacarnos, no sea que tenga consecuencias.

Perdernos en disquisiciones sobre si son galgos o podencos, sin darnos cuenta que todos tienen dientes y “huelen” el miedo.

Quizás tengamos demasiados frentes abiertos, economía, política, conflictos bélicos, terrorismo indiscriminado, violencias de todo tipo. Nuestra mente nos pide un descanso, evadirnos, desentendernos de la realidad y que otros “apechuguen” con los problemas, que para criticar siempre habrá tiempo. En eso sí que somos expertos, una buena crítica de café o con una cerveza en la mano, nos cautiva. Opiniones intrascendentes, de gente intrascendente atrapa nuestra atención y nos roba el tiempo que ya no dedicaremos a otros asuntos mucho más relevantes.

Y si nos presionan siempre podremos echar un “órdago a la chica”… pues que te lleves una.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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