Innombrable izquierda

Abundan los análisis sobre las bondades y efectos de la coalición suscrita entre Podemos e Izquierda Unida para concurrir a las elecciones del próximo 26 de Junio. Para algunos supone la tan ansiada meta de la unidad de la izquierda y, con ella, la posibilidad de asestar el golpe de gracia a la socialdemocracia representada por el PSOE, mientras para otros, más allá de sus efectos electorales que están por comprobar, supone el viaje definitivo de Izquierda Unida hacia la irrelevancia convertida en un satélite más del populismo progresista, sacrificando con ello su alma más genuina.

 

Dentro de IU, algunas importantes voces han difundido su rechazo al proceso, bien es verdad que desde posiciones minoritarias con poco eco dentro de la menguada y sectarizada militancia. No obstante, el núcleo duro de los dirigentes actuales, encabezados por Alberto Garzón y avalados por la estrategia decidida dentro del PCE, hace tiempo que iniciaron una huida hacia la nada dando por amortizado el proyecto y las siglas de IU.

 

 

Quedaba, por tanto, fundamentalmente la defensa de las listas, ya que el proyecto político está siendo materialmente enterrado en el magma del “populismo progresista” de la casa común de Podemos –la gran matrioska- amparado en un lenguaje que sustituye la propuesta política y programática por la retórica y el tacticismo más oportunista.

 

Ya sabemos que las urgencias de Podemos responden a una determinada concepción electoral de la política y de la ocupación del poder, uno de cuyos ejes fundamentales es la comunicación o, por mejor decirlo, la propaganda y parte de esta operación consiste en hacernos creer que la actual formulación electoral por una parte representa al conjunto de la izquierda situando al PSOE en la “otra orilla” y deslegitimando su ubicación ideológica pero, por otro lado, pretendiendo a la vez recuperar la transversalidad que le lleva a negar hasta la propia denominación de izquierdas en el nombre de la coalición. Toda una hazaña de llegar a conseguirlo.

 

Pero lo más probable, sin embargo, será que el precio de una estrategia que niega la posibilidad de ensanchar el territorio de las “plurales izquierdas” y opta por la agrupación de una parte y la confrontación y la deslegitimación de otra, más allá de sus resultados y de si se produce el tan ansiado sorpasso al PSOE, solo tendrá el insoportable precio de un nuevo triunfo de las derechas y un posible nuevo gobierno conservador, y esta vez legitimado tras cuatro años de políticas regresivas y lesivas para la mayoría social y amnistiados por la opinión pública sus innumerables casos de corrupción.

 

Una coalición electoral puede ser una herramienta adecuada y oportuna para desarrollar una opción política y para expresar mejor la representación democrática de un proyecto, pero a condición de que este se evidencie mediante un programa común y unos objetivos estratégicos no solo para las elecciones sino también para después de las mismas.

En estos tiempos difíciles soy consciente de la dificultad

de acertar en los análisis.

Pero qué cabe pensar de esta izquierda que no se atreve

a llamarse a sí misma por su nombre.

 

Exactamente lo que se echa en falta ahora. Por el contrario, todo parece construido para resolver de forma táctica las urgencias electorales de ambas formaciones políticas con el casi único objetivo de sortear las restricciones de la ley electoral.

 

Por ello, lo que hace unos meses era una “mochila” inasumible para Podemos y su líder Pablo Iglesias, que no ahorraba en epítetos descalificativos contra los dirigentes de IU, a los que humillaba de forma agresiva y vergonzante, hoy se convierte en abrazos y parabienes sin que haya mediado análisis alguno que justifique el cambio de actitud más allá que la pura táctica electoral. Seguramente nunca faltará quién considere que la ocupación de espacios electorales es legítima, pero no cabe duda que si esta está desprovista del interés estratégico y político que lo pueda traducir en acción para resolver los problemas de los ciudadanos pierde el alma que la impulsa. Y, es más, se acaba convirtiendo en pura defensa corporativa carente del aliento y el impulso ideológico necesario.

 

Esto es parte de lo que se traduce en la propia denominación de la coalición: Unidos Podemos. Del nombre ha desaparecido la palabra izquierda. Del discurso y la estrategia me surge la duda de si avanza hacia un territorio sin ideología sustituida por los efectos especiales y la propaganda de radicales voceros televisivos.

 

En estos tiempos difíciles soy consciente de la dificultad de acertar en los análisis. Pero qué cabe pensar de esta izquierda que no se atreve a llamarse a si misma por su nombre.

 

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Juan Jose Gonzalez

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