Idealismo en la llanura y en el erial

Que Tomelloso es un pueblo emprendedor en lo económico nadie lo pone en duda. Además de ello, es un verdadero emporio cultural como testimonia la nómina de sus escritores (Cabañero, García Pavón, Grande, Cañas) y de sus pintores (López Torres y López García, Carretero, etc.). Además de todo ello, en Tomelloso hubo, en la segunda mitad de los años 40 del siglo pasado, por iniciativa de unas bodegas cooperativas (Santa Rita), una muy digna revista cultural, comparable y aún mejor a las de muchas capitales de la época.

 

 

Es cierto que duró solo 3 años, pero el ser algo privado (aun dentro de las coordenadas del Régimen), y exclusivamente cultural en una provincia ruralizada, con porcentajes muy elevados de analfabetismo, sin centros de enseñanza superior, confiere a su existencia un mérito mayor. Albores de Espíritu ya contaba con una reedición, en facsímil, también en la BAM, de su colección completa, integrada por 31 números, y publicada en 2011. Ahora ha sido la investigadora murciana Josefina Tafalla Brotons la que ha abordado su tesis doctoral sobre esta publicación, y fruto de dicha tesis es el libro que ahora leemos y comentamos.

 

Otro dato relevante fue que la publicación se imprimía en los Talleres Penitenciarios de la cárcel de Alcalá de Henares, a cargo de presos republicanos

 

El texto se centra mucho en la figura del impulsor, creador y director de la revista, Francisco Adrados Fernández, nacido en Tomelloso en 1925, hijo de un maestro republicano que sería depurado tras la Guerra Civil y forzado a trabajar como practicante. Tuvo una educación formal (que no cultural) muy limitada, en su primera etapa, si bien una vez acabada la revista, se instala en Madrid donde estudiaría Derecho y Periodismo. Destacaría en esta última disciplina, en la que ya tenía una amplia experiencia práctica, y llegaría a ser redactor jefe de ABC en los años 80.

 

Albores apareció en otoño de 1946 y en ella colaboraron algunos de los más importantes escritores, artistas y pensadores de La Mancha en esos momentos: entre ellos el poeta Juan Alcaide Sánchez; el novelista García Pavón; el filósofo (discípulo de Ortega) Antonio Rodríguez Huéscar; los músicos Pedro Echevarría y Federico Romero Sarachaga, los pintores Gregorio Prieto, López García y López Villaseñor, el médico y escritor de Guadalajara Layna Serrano; otros escritores reconocidos por entonces como José Sanz y Díaz, Ángel Dotor Municio o Francisco Pérez Fernández, etc. etc.

 

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