Fuegos fatuos

Uno de los temas que más me interesa e intranquiliza a la vez, es cuán efímeros son los acontecimientos que marcan nuestra vida. Los éxitos deportivos que inflaman nuestro corazón, apenas duran días u horas. Una noticia de importancia sucede a otra que también era de enorme trascendencia apenas hace un rato. De hecho los acontecimientos relevantes se entrecruzan y compiten entre ellos por captar nuestro interés.

 

No importa si se trata de temas meramente personales o profesionales, locales o a escala mundial, e importantes o intrascendentes. El día a día es una macedonia en la que ya es irreconocible saber de qué frutas está hecha. Además, todo sucede a un ritmo vertiginoso. Hay gente que piensa que ya no oye bien, pero lo que le pasa es que su cerebro no es capaz de procesar toda la información que le llega y, como se dice en el argot, peta; -de hecho, el sueño es una forma de resetear nuestra computadora personal, para que siga funcionando razonablemente al día siguiente-.

 

No obstante, si podemos reservarnos un pequeño espacio de tiempo para reflexionar y parar nuestro alocado ritmo de vida, yo lo dedicaría a ordenar nuestras prioridades. No todo es igual de importante, no todo vale, y no todo debe hacerse inmediatamente, de hecho no todo debe hacerse y punto. Priorizar y saber decir que no, es el mayor signo de madurez al que puede llegar el ser humano. No todo es aceptable, ni personal ni socialmente.

 

Eso de que mi libertad acaba donde empieza la libertad del prójimo, debería ser una sencilla regla que orientara nuestra vida, e igualmente importante, defender mi libertad ante la presunta injerencia de la del otro; las dos son caras de la misma moneda. Nos hemos hecho blanditos, moralmente; quejosos, irresponsables e indolentes. Uno de los efectos colaterales de una sociedad liberal y próspera, como la que hemos ido construyendo con el paso del tiempo, es olvidar que esto ha sido gracias al esfuerzo y la lucha, a veces durísima, de nuestros antepasados. Los fuegos fatuos no deben ser la luz que nos ilumine para seguir trabajando por el futuro.

 

Una sociedad que pierde sus valores y se hace demasiado influenciable y medrosa, está destinada a la desaparición. Personalmente no tengo mucha fe en la clase política que ha ido naciendo de la opulencia y que tiene que dirigir el barco en uno de los momentos más trascendentes de nuestra historia reciente, y no solo como consecuencia de la manida crisis económica, sino por una más grave crisis social, de valores y de libertades que nos amenaza. Su Santidad el Papa Francisco habla de una tercera Guerra Mundial encubierta y por capítulos, -seguro que el papa tiene un buen Asesor y sabe lo que dice-. Y como hemos entrado en un tema casi tabú, que intento evitar generalmente, como es la fe personal que cada uno tenemos, o no, admito mi creencia en la existencia del justo premio o castigo a nuestras vidas, Aquí y Allí, y sobre todo Allí.

 

Nuestros padres y nuestros abuelos vivieron etapas muy duras; nuestras madres y nuestras abuelas, lucharon por ser personas con iguales derechos y obligaciones y, en su nombre y por respeto a todos ellos, no se puede ceder un milímetro en la defensa de nuestra forma de sociedad. Los blanditos de un lado y del otro, nos están haciendo un flaco favor.

 

Ójala haya quien recoja el guante de rearmar a nuestra sociedad, que, por no ser tachada de intolerante, se ha transformado en gelatina, en caldo de cultivo donde puede que vuelvan a crecer alguna de nuestras pasadas pesadillas y donde el terror y los que lo practican, se mueven como Pedro por su casa. Hay quien piensa que tenemos lo que nos merecemos, pero yo creo, honestamente, que no nos lo merecemos.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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