Especiales

El otro día me volvió a pasar. Donde más lloro últimamente es en el cine. Quienes me conocen saben que mi sensibilidad me hace de lágrima fácil. Podría llorar por una tontería, es verdad. A veces cuando explico algo que me emociona se me quiebra la voz y se me nota al borde de la lágrima. Sé que reír es más fácil, porque para llorar hay que emplear más músculos. Llorar nos limpia para ver con mayor claridad.

 

Las lágrimas pueden salvarnos de la ceguera, como le pasó a Miguel Strogoff cuando le pusieron aquella espada al rojo vivo en la cara. Y todos hemos oído alguna vez ese verso de Tagore en el que afirma que si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas, en el sentido de que siempre la vida ofrece cosas buenas; que cuando se cierra una puerta seguro que se abrirá una ventana. ¡Y cómo no me voy a acordar de los lagartos llorones de Lorca, que lloraban porque habían perdido sus anillos de casados, si titulé uno de mis poemarios Los lagartos llorones y otros poemas! (Aprovecho para animar a todos a leer poesía ya que el 21 de marzo es el día mundial de la poesía).

 

Lloraba al salir del cine, porque una de las escenas finales es conmovedora. No podía hablar. En los tiempos que corren necesitamos personas que nos hagan tener corazón

 

No era yo solo el que lloraba cuando salí del cine después de ver la película Especiales. Sabía que estaba basada en hechos reales y que iba sobre jóvenes que tienen alguna discapacidad y, sobre todo, autismo. No sé por qué me había hecho la idea de que sería algo así como Campeones pero a la francesa, pero aquí no había tanto sentido del humor y todo era más crudo. Trata de una asociación que se dedica a trabajar con niños con serias dificultades.

 

Sus padres necesitan que les den un respiro y que los ayuden, y las respuestas de los poderes públicos es ingresarlos de vez en cuando (incluso maniatarlos) y tenerlos empastillados; o sea, es algo insatisfactorio, no saben qué hacer, se lavan las manos como Pilato. Y en medio de ese contexto surge esta asociación que se entrega con un cariño ejemplar a tratar y cuidar a esas personas especialmente débiles, que la sociedad deja en el arcén. Y por medio una inspección que está jode que jode insistiendo en la burocracia, en la legalidad, en que esa asociación no cumple con la puta normativa administrativa.

 

Las personas con discapacidad que salen en la película son entrañables y los que los tratan derrochan un cariño y una entrega admirables. La película es de una increíble humanidad y nos hace pensar en lo que de verdad importa. Siempre he dicho que la temperatura moral de una sociedad se mide en cómo trata a los más débiles: los niños, los enfermos, los ancianos, los que tienen problemas, los discapacitados…

 

Es verdad que cuando se da el pistoletazo de salida en la carrera de la vida no todos están en igualdad de condiciones. Por eso hay que emplearse especialmente en todas estas personas que tienen la vida llena de cuestas. Recuerdo que un alumno que iba en silla de ruedas me comentó que le habían denegado una ayuda económica para comprar una grúa, porque sus padres (ya mayores) no podían levantarle de la cama para echarle a la silla. Escribí un artículo en la prensa inmediatamente denunciándolo. Me alegré mucho de que se solucionara al final.

 

Los discapacitados son personas especiales. Con su espontaneidad (sin esos filtros que solemos tener los demás) y con su forma natural de expresar el cariño tienen muchas cosas que enseñarnos. Nos hacen pensar que en medio del ritmo frenético de tantos hayqués (hay que comprar, hay que trabajar, hay que ir a esta reunión, hay que ir al gimnasio, hay que…) se nos olvida que estamos hechos para amar y ser amados y que nos realizamos más cuando actuamos acordes con nuestra naturaleza, que tiene que ver con el amor.

 

No se trata de tener un currículo (un culo con curri) bien grande o hacer cosas acojonantes, sino de amar. Todo lo que no sea amar es perder el tiempo. Eso es lo que dejaremos y lo que nos llevaremos cuando nos vayamos de este mundo, ni más ni menos.

 

El otro día les decía a mis alumnos que evitaran emplear la palabra subnormal. No sólo porque lo que es normal es relativo, sino porque se emplea para insultar. Reconozco que tampoco me gusta que se use minusválidos, porque son menos válidos que nosotros pero en qué sentido, con relación a qué. Yo prefiero decir que padecen una discapacidad intelectual o que tienen capacidades diferentes. Aunque cada uno es libre de usar el lenguaje como le salga de las cuerdas, creo que en la medida de lo posible hay que evitar ofender de forma gratuita con nuestra manera de expresarnos. Yo creo que el lenguaje hay que emplearlo con responsabilidad y delicadeza.

 

Como decía al principio, lloraba al salir del cine, porque una de las escenas finales es conmovedora. No podía hablar. Y me quedé pensando que en los tiempos que corren necesitamos personas que nos hagan tener corazón y vivir con más corazón; sí, porque a veces se nos olvida vivir con corazón. Y esto no es moco de pavo, porque de esto va la vida. He puesto el cartel de la peli de fondo de pantalla en mi móvil para que me lo recuerde.

    

Santiago Sastre

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