ÉPSILON

A pesar de que vivimos en un mundo en que todo se desarrolla de manera vertiginosa y en el que todo lo que no sea tecnología punta parece condenado al ostracismo y el desprecio, seguimos encontrando signos y conceptos que sobreviven al paso del tiempo. Aunque nacieron en civilizaciones tan antiguas como la egipcia o la grecorromana, los seguimos utilizando, a veces sin darnos cuenta y, otras, porque recogen como ninguno, conceptos que compartimos todos los seres humanos, sin distinción de lengua, estatus o religión.

 

Ese lenguaje universal que no tiene fronteras, se ha ido fraguando, en gran medida, de aportaciones de civilizaciones que nacieron bañadas por el Mediterráneo, aunque pequeño y hoy contaminado, atesora valores trascendentales, que el tiempo ha ido acrecentando. Y entre los cientos, miles de fósiles vivientes de nuestra cultura grecolatina, hay en signo que siempre me ha cautivado: Épsilon, ɛ.

 

Épsilon representa la esencia de lo más pequeño, la inversa de lo infinito ∞. La genialidad de la definición de ambos conceptos solo podía nacer de una reflexión sosegada, plácida y equilibrada en nuestro clima mediterráneo. Pero vuelvo a Épsilon, a lo minúsculo, a lo despreciable, pero que permite expresar con precisión el imperceptible cambio de las cosas, el incremento infinitesimal de cualquier variable.

 

Estoy seguro que los dioses del Olimpo inspiraron la mente del matemático griego para disponer de un término, de un concepto abstracto, pero que representase con exactitud el algo y el algo más. Épsilon aparece constantemente en el lenguaje matemático, fundamento de la moderna tecnología, pero no solo eso. Épsilon es como un pequeño grano de arena que puede bloquear una maquinaria o erosionar una pirámide, o una minúscula palanca que desplaza las cosas, modifica el ritmo cadencioso y predictivo de los acontecimientos y le añade algo más, que cambia el presente y altera el futuro.

 

Épsilon es el signo de nuestros tiempos. En nuestra rutina diaria, que podría estar definida por una sencilla ecuación de movimiento uniforme, se ha introducido el travieso Épsilon. Frente al deseo de alcanzar lo inalcanzable, de llegar a lo más alto, lo más fuerte o lo más rápido, Épsilon se burla de nosotros y nos hace la vida desconcertante, apareciendo y desapareciendo sin apenas llegar a verlo. Es tan pequeño que no entiende del bien y del mal, porque su único objetivo es saber qué hay un poco más allá.

 

Probablemente habrá alguien que no sepa de que estoy hablando, pero lo cierto es que nos acompaña todos los días de nuestra vida y a veces es la diferencia entre el éxito y el desastre. Es esa fracción de segundo que nos salva de un accidente, que nos permite llegar o no a tiempo y que hace que dos personas se encuentren o nunca lleguen a hacerlo. O el pequeño impulso en un cohete que altera su trayectoria irreversiblemente o el ligero aumento del ángulo de entrada de un meteorito que le hace impactar o rebotar en nuestra atmósfera terrestre.

 

Todo ello es ligero y sutil, pero marca una diferencia dramática, para lo bueno y para lo malo. En ese mundo de lo minúsculo habitan otros pequeños seres: hormonas que en pequeñísimas cantidades alteran absolutamente lo que somos, alteraciones imperceptibles de nuestro ADN que desencadenan tumores letales, o una sonrisa, una mirada o un saludo, que nos reconcilian con la humanidad. Los franceses dicen que “rien plus rien n’est pas rien”, y es que un ejército de Épsilons es casi imbatible. Imaginan que la misma muchedumbre que exigió a gritos la muerte de Jesús hubiera gritado “libéralo, libéralo”.

 

En el fondo todos nosotros somos Épsilons, capaces de lo mejor y de lo peor y con capacidad para poder alterar el ritmo de nuestra vida, sin más que creérnoslo. Seguro que el pequeño grano de mostaza de fe, en la conocida parábola, era un Épsilon.

 

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Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
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