Energía de rozamiento

En la historia del ser humano hay al menos tres quimeras que, sin embargo, han generado ríos de tinta durante siglos: obtener el elixir de la eterna juventud, porque el ansia de eternidad es consustancial a nuestra alma humana; encontrar la piedra filosofal, que transforme el plomo vulgar de nuestra vida en oro apreciado por todos y obtenido sin esfuerzo; y por último, la máquina de movimiento perpetuo que sin embargo los ingenieros sabemos que choca frontalmente contra la segunda ley de la termodinámica (que es como hablar de la Biblia de la física).

 

Ese perpetuum mobile implicaría que la energía se conserva inexorablemente, nada se disipa y permitiría la existencia de un movimiento perpetuo sin ningún impulso externo. Este último, por deformación profesional, es un reto que me es más familiar y que nos describe un mundo idílico en que todo fluye de manera estable y armónica, en una especia de vacío o ausencia de perturbaciones.

 

En definitiva un estado físico de perfección que no altera ni es alterado por nada. Es fácil que usted, lector, entienda así por qué es un objetivo imposible de conseguir, dado que el mundo que nos rodea es, todo, menos estable e idílico. Hay expertos que dicen que todo es química, que los seres humanos somos química y que incluso nuestros impulsos y deseos son resultado de interacciones químicas.

 

Me parece mucho decir, pero lo que sí es cierto es que la química y la física dan forma material a casi todo lo que nos rodea, y si algo nos caracteriza es: la imperfección. Curiosamente la imperfección, la alteración, la ruptura de la norma y la pauta a seguir, es el germen de la adaptación y el progreso y ha generado un arma potentísima contra todo cataclismo, como es: la diversidad. Cierto es que todo ello tiene un costo: los errores se pagan y la naturaleza se encarga de hacer desaparecer los intentos fallidos que no se adaptan a las circunstancias y el entorno.

 

Pero volvamos a nuestro perpetuum mobile. Dado que la perfección no existe, en qué perdemos esa energía. La respuesta es: en el rozamiento. Vivimos en un mundo en que todo se roza, interactúa e impacta. Nos obliga a movernos en una carretera virada en que tenemos que estar constantemente cambiando de dirección, acelerando y frenando. Parte de toda la energía e ilusión que ponemos en la consecución de nuestros objetivos e ideales se pierde en calor.

 

La energía de rozamiento es el costo del caos, de la falta de coordinación, de la ausencia de diálogo y porque, somos como somos, desde la más pequeña partícula de nuestro ser. Y vueltas con nuestra querida segunda ley de la termodinámica, expresándola de otra manera, ésta diría que todo sistema biológico tiende a la entropía; es decir, al desorden.

 

No hay que extrañarse en exceso de la falta de diálogo político que percibimos por doquier, de la existencia de conflictos sociales constantes, ni de la falta de convivencia familiar o profesional que llegan, a veces, a una violencia gratuita nunca vista. No dejan de ser distintas formas en que se expresa el desorden. Lo único que podría atenuar ligeramente esta ley inexorable, sería que nuestro raciocinio humano se impusiera a la terquedad de nuestra esencia animal.

 

Ese polvo mágico que Dios espolvoreó sobre la naturaleza humana, podría hacer levitar nuestro cuerpo como si fuéramos Peter Pan y echar un pulso a las fuerzas de la naturaleza que se empecinan en estrellarnos contra el suelo. Pero nos encanta el caos y la pelea de taberna en una película del oeste, sin darnos cuenta que, al final, todos salimos con el ojo morado y el malo de la peli se ha escabullido por la puerta trasera. Ahora que todos hablamos del cambio climático y del calentamiento de la atmósfera, convendría decir que, no todo se debe al dióxido de carbono, sino al calor que disipa toda la necedad y terquedad humana empecinada en autodestruirse.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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