En el principio fue el verbo

San Juan inicia su evangelio con esta frase categórica y ciertamente enigmática que me viene como anillo al dedo. Si tuviéramos que encontrar lo único que nos une a los simples mortales con la divinidad, y que hace diferenciarnos de un vulgar saco de moléculas orgánicas e inorgánicas es, la palabra.

La palabra, la capacidad de comunicarnos y hacernos entender, es sin duda, una virtud de dioses. Todos los seres de la creación tienen mecanismos más o menos desarrollados para interaccionar, pero en ningún caso con la complejidad que la palabra dota al género humano. La capacidad de raciocinio debe de estar íntimamente ligada al don de la palabra y el desarrollo de ambas capacidades ha seguido casi siempre vías paralelas a lo largo de la historia de la humanidad.

Más aún, la palabra es el vehículo natural por el que nuestra alma se exterioriza, Hay, sin duda, otros caminos por los que transita el espíritu y que cristalizan, en algunos casos, en verdaderas obras de arte, pero la palabra es el más universal y el que está al alcance de la práctica totalidad de los seres humanos. Incluso aquellos que, por desgracia, tienen algún tipo de discapacidad, no son una excepción a esta regla general, porque el ingenio ha podido sustituir las ondas hertzianas por otros signos equivalentes de comunicación.

Qué pasa entonces si la palabra desaparece, sin nuestra capacidad de comunicación se debilita o se anula. Si somos incapaces de hacernos entender y entender al prójimo y si lo único que nos satisface es nuestro propio eco y nuestra propia imagen en un espejo.
Más aún, y si el silencio, el miedo o el mero desinterés de muchos dejan paso a los gritos del que usa su palabra como arma arrojadiza, intentando arrastrar voluntades, aunque sea hacia al precipicio.
La historia está plagada de locos vocingleros, que están enamorados de oírse a sí mismo y ver cómo, a fuerza de martillearnos con mensajes de odio e insolidaridad, se transforman en verdaderos dictadores, armados con la fuerza de la palabra, aunque sea ésta sea una colosal mentira.

Todo ello me lleva a otra rápida reflexión. Vivimos en una sociedad en que, todo va tan rápido, que no importa si lo que se dice es verdad o mentira, porque no hay tiempo para contrastar o desmentir. De hecho no tiene la menor importancia si se produce o no una rectificación posterior, porque siempre queda algo y el mal ya está hecho. Da igual quién opine, el médico especialista o el vecino de arriba, -con qué gracia lo describe el genial tango Cambalache-. Tonterías manifiestas se hacen virales y reflexiones geniales se pudren en los archivos de universidades o centros de cultura y ciencia. Nos intercambiamos millones de mensajes de whatsapp que son casi incomprensibles, y ni siquiera entro a valorar cuestiones de ortografía o sintaxis que dejarían pasmados a nuestros profesores de lengua, -cuánto esfuerzo tirado a la basura-, sino que, como consecuencia de la fuerza de las redes sociales, estos mensajes se reproducen y diseminan como una verdadera plaga, una plaga moderna del siglo XXI.

Hoy es domingo, primero de octubre de 2017. Un día muy triste para la palabra como elemento de diálogo y convivencia. Un día en que la insensatez y el despropósito se han cebado con nosotros y que dejará cicatrices y marcará a generaciones en nuestro país. Y era además un caso de muerte anunciada, en el que el arma se ha ido montando, pieza a pieza, como si fuera un coleccionable al uso y en que ya solo restaba encuadernarlo con una buena dosis de hipocresía.

Yo creo que si Dios, en su infinita sabiduría, hubiera vislumbrado todo este caos, no se hubiera contentado con castigarnos solo con aquello de la Torre de Babel, creo que nos hubiera hecho enmudecer. Toda herida cicatriza, pero siempre la sentiremos cuando cambie el tiempo.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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